martes, 20 de octubre de 2026

¿Por qué mi pareja y yo no tenemos ganas de sexo al mismo tiempo?

Cuando el silencio en la cama se siente como un rechazo

Es una sensación muy dolorosa. Os acostáis, buscáis ese contacto, lanzáis una señal y recibís un «hoy no» o, peor aún, un silencio indiferente. En ese momento, es muy fácil que vuestra mente empiece a fabricar historias peligrosas: «¿Ya no me quiere?», «¿Habrá alguien más?», «¿Estoy roto?». Esa angustia es real y agota, porque tendéis a interpretar que la falta de iniciativa de la otra persona es un juicio sobre vuestro valor personal o la señal definitiva de que la relación está en crisis.

Esta frustración suele nacer de un malentendido sobre cómo funciona el deseo sexual, más que de una falta de amor. Nos han vendido la idea de que el deseo es como un interruptor que se enciende y se apaga igual para todo el mundo, pero la realidad es distinta.

Un trabajo presentado en un congreso en 2025 (su resumen se publicó en The Journal of Sexual Medicine) analizó la discrepancia de deseo sexual en 369 personas italianas con pareja y encontró un dato tranquilizador. Los investigadores observaron que, a mayor duración de la relación, más desajuste se percibía; en cambio, ninguno de los síntomas psicopatológicos que midieron, como la depresión o la ansiedad, predijo esa diferencia una vez tenidas en cuenta otras variables. Que no coincidáis en los tiempos no significa, por sí solo, que haya un problema psicológico o que alguien esté «fallando». A veces, es la dinámica del tiempo y la convivencia.

El silencio y la falta de sincronía suelen interpretarse como un juicio sobre nuestro propio valor personal.

Una forma distinta de sentir

Para entender esto, tenemos que romper el mito del «estándar normativo». Solemos creer que lo normal es el deseo espontáneo: ese impulso que surge de la nada y os lleva a querer sexo sin que haya pasado nada previo. Emily Nagoski, en su libro Come as you are (2015), estima que este estilo predomina en aproximadamente el 75 % de los hombres y el 15 % de las mujeres.

Existe también el deseo responsivo. En este caso, la motivación aparece después de que comienza la estimulación. El cuerpo necesita el contexto y el estímulo para que el deseo se active. Es normal, es saludable y es común, especialmente en relaciones largas. Nagoski calcula que el 30 % de las mujeres y el 5 % de los hombres tienen este estilo, y que alrededor de la mitad de las mujeres y uno de cada cinco hombres quedan en medio. En el fondo, el deseo de todos nosotros depende, en mayor o menor medida, del contexto.

El deseo espontáneo funciona como un despertador que suena solo, mientras que el deseo responsivo es como una luz que se enciende cuando alguien pulsa el interruptor. Si esperáis a que el despertador suene para empezar, puede que paséis años sin sexo. La Dra. Kathryn Hall, en su capítulo de Treating Sexual Desire Disorders (editado por Sandra Leiblum, 2010), explica que muchas mujeres creen erróneamente que tienen un problema interno por no sentir esa «hambre» inicial, cuando su sistema funciona mediante un ciclo de retroalimentación: primero hay una excitación física y una disposición emocional, y entonces surge el deseo.

Primer plano de una mano tocando la base de madera de una lámpara antigua, que emite una luz cálida justo en el punto de contacto.
El deseo responsivo no es una ausencia de ganas, sino una respuesta al estímulo adecuado.

En el Clinical Manual of Sexual Disorders (editado por Richard Balon y R. Taylor Segraves, 2009) se recoge un dato del estudio estadounidense SWAN, con más de 3.000 mujeres de mediana edad: alrededor del 42 % rara vez sentía deseo antes de empezar —en el grupo de origen japonés, cerca del 68 %—, y eso no les impedía sentirse satisfechas con su vida sexual.

El peso del contexto: ¿qué está apagando la chispa?

El deseo se parece más a una planta: necesita ciertas condiciones para florecer. Si el suelo está seco o hay tormentas constantes, la planta no crece aunque no tenga nada de malo; el problema es el entorno.

El estrés es uno de los grandes enemigos del deseo. Un estudio pequeño y transversal, con 101 personas, publicado en 2024 en el International Journal of Advanced Studies in Sexology, observó que, a más estrés percibido, menos deseo sexual. Una revisión de 2026 en Frontiers in Psychiatry ayuda a entender el porqué con el modelo de control dual: el deseo tiene un acelerador y un freno, y la ansiedad, el trauma o el conflicto en la pareja pisan el freno.

A esto se suma la trampa del «perseguidor y el evitador». Es un círculo vicioso clásico: quien siente que falta sexo presiona más, y quien se siente presionado se cierra más para protegerse. El sexo deja de ser un espacio de placer para convertirse en una fuente de ansiedad o en una obligación. Como explica Emily Nagoski, cuando quien tiene deseo responsivo se siente presionado, tiende a evitar el sexo, y ese deseo, que necesita seguridad e intimidad para arrancar, no llega a aparecer.

Primer plano de una planta verde en una maceta rellena de ceniza gris y piedras pequeñas y afiladas.
Cuando el estrés se vuelve crónico, el entorno emocional deja de ser fértil para el deseo.

Pequeños pasos para volver a encontrarse

Si os encontráis en este punto, el objetivo es crear el espacio para que el deseo pueda aparecer, sin forzarlo. El primer paso es cambiar el vocabulario: dejad de hablar de «deseo» y empezad a hablar de disposición.

Esto significa que alguien puede no tener un deseo espontáneo en este momento, pero estar dispuesto a explorar si el contexto es el adecuado. Aquí tenéis algunas pautas prácticas basadas en la literatura clínica:

* El tacto no demandante: Buscad momentos de contacto físico que no tengan como objetivo final el coito. Masajes, abrazos prolongados o, sin más, estar piel con piel sin la presión de llegar a algo. * La regla de oro de la comunicación: Acordad dos cosas. Primera: expresar interés en el sexo no es un contrato obligatorio para realizar la actividad. Segunda: declinar un encuentro responde al momento y no supone rechazar a la persona. El ejercicio de la atracción: Wendy Maltz, en The Sexual Healing Journey* (una guía para supervivientes de abusos sexuales), propone un ejercicio en el que quien inicia describe durante tres minutos qué le atrae de su pareja y qué le gustaría que pasara (desde acurrucarse hasta besarse), mientras el otro solo escucha. Esto reduce la presión y permite que el interés evolucione de forma natural.

Una pareja de unos 40 años sentada en un sofá bajo una manta, ella apoya la cabeza en el hombro de él mientras leen juntos bajo la luz cálida de una lámpara.
La disposición nace de crear un espacio seguro donde el afecto no sea un preludio obligatorio.

En uno de los casos que recoge el Textbook of Clinical Sexual Medicine (editado por Waguih IsHak, 2017), el de Brian y Claudia, el tacto no demandante se usó para combatir la evitación, sin prohibir el coito pero sin centrarse en él. Probaron a acariciarse por turnos o a la vez, con ropa o sin ella, en distintos espacios, y pactaron un sistema de avisos para proponer encuentros. Tras la primera semana, Claudia notó más intimidad física y emocional; Brian, más reservado, valoró bien un masaje y puntuó su excitación en un 3 o 4 sobre 10. Para el mes siguiente acordaron que fuera Claudia quien propusiera las citas, para que Brian tuviera claro cuándo había un espacio abierto.

Recuperar la complicidad

Al final del día, lo importante es dejar de compararse con los estándares irreales de las películas o de las primeras semanas de noviazgo. No todas las parejas que se aman se desean con la misma intensidad o frecuencia, y eso no es un fracaso.

A veces nos obsesionamos con la frecuencia, pero, como se recoge en Treating Sexual Disorders (editado por Randolph Charlton, 1997), aumentar la cantidad de sexo en una relación donde la calidad es mediocre no da energía a la pareja, y forzar acuerdos sobre la frecuencia sin cuidar la calidad no funciona. Importa la calidad del vínculo y la capacidad de negociar vuestras diferencias con respeto.

Que uno de los dos tenga menos ganas que el otro no es, por sí mismo, un trastorno: en la definición clínica clásica (la del DSM-IV, que recoge Charlton) hace falta, además, que esa falta de deseo cause malestar o dificultades en la relación. Merece la pena consultar si la angustia os pesa, si el deseo ya no es el que solía ser, si coincide con un bajón de ánimo o con un antidepresivo (los manuales de terapia sexual recogen que pueden disminuir la libido) o si en vuestra historia hay experiencias de abuso. Pedir ayuda en psicología clínica o sexología es la mejor inversión, junto con una valoración médica cuando haga falta descartar otras causas. Existen herramientas —desde la atención plena para reducir la distracción mental hasta la reestructuración de mitos sobre la sexualidad— que ayudan a sintonizar vuestros ritmos. Entender que vuestras formas de sentir el deseo son distintas, y no «incorrectas», es un primer paso muy importante.

Una advertencia importante: si tomáis medicación o suplementos, no empecéis, dejéis ni cambiéis ningún tratamiento por vuestra cuenta; habladlo antes con quien os lo prescribió o con vuestro médico.

Imágenes generadas con ayuda de IA

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