jueves, 18 de junio de 2026

Más allá de la anatomía: Cómo el cerebro moldea nuestra psicología

¿Está todo escrito en mis neuronas? Cómo el cerebro moldea quiénes somos

A veces, cuando nos sentimos atrapados en un estado de ánimo o luchamos contra una ansiedad que parece no tener fin, surge esa duda inquietante: «¿Seré yo así simplemente por cómo está hecho mi cerebro?». Es una pregunta muy común y, sinceramente, totalmente legítima. Durante mucho tiempo se ha pensado en la biología como un destino inamovible, pero la realidad es mucho más fascinante y, sobre todo, esperanzadora.

Para entender esto, tenemos que asomarnos a la neuropsicología. Básicamente, es la ciencia aplicada que estudia la relación entre el cerebro y nuestra conducta. Su objetivo no es otro que evaluar cómo funcionan nuestros procesos cognitivos, emocionales y conductuales comparando el funcionamiento normal del sistema nervioso central con aquel que consideramos anormal. En otras palabras: intenta descifrar cómo el «hardware» biológico influye en el «software» de nuestra psicología.

Para que no nos perdamos entre tantos términos técnicos, os propongo una imagen: imaginad que vuestro cerebro es como una gran ciudad. No es un bloque sólido de cemento, sino un organismo vivo y dinámico que se remodela constantemente.

Una silueta humana de perfil compuesta por una red de constelaciones y puntos de luz interconectados sobre un fondo oscu
Nuestra esencia no es un punto fijo, sino el resultado de una red dinámica de interacciones biológicas.

La arquitectura del pensamiento: barrios especializados y redes globales

Si miramos nuestra «ciudad cerebral», nos daremos cuenta de que está organizada bajo dos principios fundamentales. El primero es la segregación funcional. Esto significa que el cerebro no es homogéneo, sino que está dividido en módulos o «barrios» regionalmente distintos. Estos módulos se definen por su arquitectura (como la disposición de sus receptores o la mielina) y están especializados en procesar estímulos específicos. Es como si tuviéramos un barrio financiero, uno residencial y una zona industrial; cada uno tiene una función clara.

Sin embargo, ningún barrio es autosuficiente. Aquí entra en juego la integración funcional. Para que cualquier proceso psicológico ocurra, es imprescindible que haya un intercambio dinámico de información entre diversas áreas. No existe un mapeo de «uno a uno» donde una sola zona se encargue de una función mental completa; más bien, nuestras operaciones mentales dependen de la dinámica de redes cerebrales distribuidas. En nuestra ciudad, esto sería el tráfico y las comunicaciones: de nada sirve tener el mejor barrio financiero si no hay carreteras que lo conecten con el resto de la urbe.

Los hilos que nos unen: ¿Cómo se comunica el cerebro?

Para que esa comunicación sea posible, existen tres tipos de conexiones que debemos diferenciar, ya que no es lo mismo tener una carretera que ver coches circulando por ella.

Primero tenemos la conectividad anatómica, que son las conexiones físicas y estructurales entre neuronas. Van desde circuitos locales muy pequeños hasta vías de sustancia blanca bidireccionales, como las que unen las cortezas frontal y parietal. Son, literalmente, los cables del sistema.

Luego está la conectividad funcional. Esta no es una estructura física, sino una medida estadística de la correlación de actividad entre áreas cerebrales que están separadas espacialmente. Es decir, observamos qué zonas «se iluminan» al mismo tiempo, aunque no sepamos exactamente quién inició la señal.

Y finalmente, llegamos a la conectividad efectiva, que es el análisis más preciso porque estudia los efectos causales: cómo una región cerebral ejerce influencia real sobre otra. Es la diferencia entre saber que dos personas hablan por teléfono y saber exactamente quién está dando las órdenes en la conversación.

Una composición donde una estructura orgánica de neuronas se fusiona gradualmente con circuitos integrados y líneas de c
La relación entre el soporte biológico y los procesos psicológicos es similar a la interacción entre el hardware y el software.

Química emocional: Los reguladores del estado de ánimo

Más allá de las carreteras y los barrios, el funcionamiento de la ciudad depende de su suministro energético y químico. En nuestro caso, el glutamato y el GABA son los encargados de realizar la mayor parte del trabajo de regulación del sistema nervioso. Pero si hablamos específicamente del humor, hay tres pilares fundamentales:

  • Serotonina: es la que controla nuestro tono emocional y nuestra reactividad.
  • Norepinefrina: se encarga de activar la atención, la motivación y el estado de alerta.
  • Dopamina: un actor clave en los procesos de aprendizaje, el movimiento, la memoria, el placer y, por supuesto, la adicción.

Cuando alguno de estos neuromoduladores no está equilibrado, es cuando empezamos a notar que nuestra «ciudad» no funciona como debería, afectando directamente a cómo nos sentimos y reaccionamos ante el mundo.

El cerebro maleable: La esperanza de la neuroplasticidad

Aquí llegamos al punto que más me gusta, porque es donde rompemos la idea del destino biológico. Existe un concepto llamado neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para adaptar su estructura y función ante cambios ambientales, ya sean internos o externos. Partimos de una premisa fundamental: para que el comportamiento cambie, el cerebro debe cambiar necesariamente.

¿Cómo ocurre esto a nivel físico? El cerebro modifica la morfología dendrítica (la forma y estructura de las dendritas), el número y tamaño de las sinapsis y su actividad metabólica. No es magia; es biología. Este cambio puede ser estimulado por factores muy diversos: desde el aprendizaje de nuevas tareas y experiencias sensoriomotoras, hasta la dieta, el envejecimiento o incluso el impacto de fármacos psicoactivos y hormonas del estrés.

Una persona sentada en el borde de una cama en una habitación en penumbra, con la mirada perdida y expresión de introspe
A menudo nos preguntamos si nuestra biología predetermina nuestro estado emocional.

De la teoría a la consulta: ¿Puede la terapia cambiar el cerebro?

Os preguntaréis si todo esto tiene una aplicación real. La respuesta es un rotundo sí. Hoy en día podemos monitorizar cómo se reestructura el cerebro tras experiencias de trauma, mediante la meditación consciente o la modificación del sesgo cognitivo. De hecho, han surgido términos como la neuropsicoterapia y la neurobiología interpersonal para describir este enfoque.

En mi experiencia con trastornos de ansiedad, he comprobado que las intervenciones cognitivo-conductuales no solo ayudan a «sentirse mejor», sino que pueden normalizar la actividad cerebral disregulada o activar regiones que estaban inactivas.

Se ha observado que, tras el tratamiento, disminuye la activación en áreas específicas como la corteza prefrontal dorsolateral, la corteza cingulada anterior (ACC), el cíngulo insular derecho y el área motora suplementaria. Al fomentar nuevas experiencias de aprendizaje que desafían los miedos y creencias previas, logramos normalizar las regiones que controlan la percepción de amenazas y el control cognitivo. Básicamente, estamos rediseñando los circuitos de la ciudad para que ya no lancen una alarma de incendio cada vez que hay una chispa.

La cima de la pirámide: Inteligencia y funciones ejecutivas

Para cerrar este recorrido, conviene mencionar que nuestra capacidad de razonar y tomar decisiones complejas depende de redes neuronales similares. Tanto la inteligencia como el funcionamiento ejecutivo son productos de redes que comparten gran parte de su arquitectura. En este proceso, las áreas prefrontales y parietales, junto con sus conexiones, resultan críticas para la memoria de trabajo y la cognición de alto nivel.

En conclusión, entender la neurociencia no sirve para etiquetarnos, sino para comprender la gama tan amplia de comportamientos humanos. Saber que nuestro cerebro es plástico y que puede ser moldeado a través del aprendizaje y la terapia nos devuelve el control. No somos esclavos de nuestra anatomía; somos los arquitectos de una ciudad que nunca deja de transformarse.

miércoles, 17 de junio de 2026

Atención plena para la tristeza: Guía clínica y neurociencia

Recuerdo perfectamente a un paciente que, al sugerirle integrar la atención plena para la tristeza en su proceso terapéutico, me miró con una mezcla de escepticismo y cansancio. Para él, meditar era sinónimo de 'no hacer nada' o, peor aún, de intentar refugiarse en una especie de cueva metafórica para ignorar que su vida se desmoronaba. Es un malentendido muy frecuente: creemos que la práctica contemplativa es un escape hacia el aislamiento o una forma de resignación nihilista donde simplemente aceptamos el dolor porque 'así es la vida'.

Sin embargo, en la clínica observamos que ocurre exactamente lo contrario. La atención plena no es un refugio para esconderse del mundo, sino un entrenamiento para estar más presentes en él, incluso cuando el paisaje es desolador. No se trata de pasividad, sino de una postura activa frente al sufrimiento. Al integrar la filosofía contemplativa oriental con los modelos científicos occidentales, hemos logrado abrir puertas hacia una comprensión mucho más profunda de la conciencia y el bienestar, permitiéndonos tratar la tristeza no como un enemigo a batir, sino como una experiencia que puede ser transitada.

Un nudo complejo de hilos oscuros que, gradualmente, comienza a desenredarse hacia un extremo, transformándose en una lí
Un nudo complejo de hilos oscuros que, gradualmente, comienza a desenredarse hacia un extremo, transformándose en una línea dorada

El descentramiento cognitivo: Cambiar la lente del observador

Cuando nos sumergimos en la tristeza, solemos fusionarnos con ella. Es decir, dejamos de sentir tristeza para convertirnos en la tristeza misma. En mis sesiones, suelo explicar que esto es como quedar atrapado dentro de una película, convencidos de que los efectos especiales son la realidad absoluta y no una proyección sobre una pantalla. Aquí es donde entra en juego el descentramiento cognitivo, también conocido como meta-conciencia.

El descentramiento es la capacidad de reconocer que los contenidos de nuestra conciencia —estos pensamientos intrusivos o sentimientos pesados— son experiencias transitorias y fluctuantes. No son reflejos reales de nuestra identidad ni verdades absolutas sobre nuestro futuro; son, simplemente, fenómenos temporales. Imagina que tus pensamientos son como nubes que cruzan el cielo: puedes observar la nube negra y densa sin olvidar que tú eres el cielo, el espacio amplio donde esa nube aparece y luego desaparece.

Esta perspectiva es fundamental en la terapia cognitiva basada en mindfulness. Al adoptar el rol de observador, dejamos de tomar nuestros pensamientos de forma literal. En lugar de decir "soy un fracaso" (una verdad absoluta e identitaria), el paciente aprende a notar: "estoy teniendo el pensamiento de que soy un fracaso". Este pequeño giro lingüístico y mental reduce la potencia del síntoma y evita que nos sintamos impulsados ciegamente por la emoción.

Neuropsicología de la depresión y la firma neural de la tristeza

Para comprender por qué este cambio de perspectiva funciona, debemos bajar al terreno de la neurobiología. Existe una diferencia abismal entre la experiencia subjetiva momentánea de la tristeza (sentir el nudo en la garganta) y el análisis conceptual de lo que significa estar triste ("¿por qué me pasa esto a mí?", "siempre seré así").

Cuando una persona no ha entrenado su atención, suele quedar atrapada en un modo narrativo o analítico. En este estado, el cerebro activa intensamente la corteza prefrontal medial, una zona vinculada al análisis de material relacionado con el yo y la rumiación. Es como si el cerebro encendiera un reflector gigante sobre nuestras heridas, obligándonos a analizar el daño una y otra vez sin llegar a ninguna solución.

Sin embargo, el entrenamiento en atención plena modifica esta firma neural. Los datos indican que, tras la práctica, se produce una reducción de la actividad en esa corteza prefrontal medial y, simultáneamente, aumenta la activación en una red lateralizada derecha. Esta red incluye:

  • La corteza prefrontal lateral.
  • La ínsula (fundamental para la experiencia sensorial directa).
  • Áreas viscerosomáticas y el lóbulo parietal inferior.

En términos sencillos, el cerebro deja de 'pensar' la tristeza y empieza a 'sentirla' como una sensación física en el cuerpo. Pasamos del análisis conceptual al modo experiencial concreto. Es la diferencia entre leer un manual sobre cómo es el frío y sentir el viento helado en la cara; lo segundo, aunque sea incómodo, es mucho más manejable que el bucle infinito de la rumiación.

Una persona saliendo de una jaula hecha de palabras pesadas y negras como 'siempre' o 'incapaz', caminando hacia un espa
Una persona saliendo de una jaula hecha de palabras pesadas y negras como 'siempre' o 'incapaz', caminando hacia un espacio luminoso

El poder del etiquetado afectivo: Poner nombre para calmar la alarma

Otro pilar fundamental en la regulación emocional es el etiquetado afectivo. He visto cómo el simple acto de nombrar una emoción puede actuar como un freno de emergencia en medio de una crisis. Cuando ponemos palabras a lo que sentimos, estamos realizando una operación neurobiológica compleja: aumentamos la actividad en la corteza prefrontal ventrolateral derecha, la cual envía una señal para amortiguar la respuesta de la amígdala.

Podemos imaginar la amígdala como una alarma contra incendios hiperactiva que se dispara ante cualquier rastro de humo. El etiquetado afectivo es como el técnico que llega, identifica que es solo vapor de agua y apaga la sirena. Esta ruta neurobiológica reduce la respuesta automática de lucha o huida y disminuye la intensidad del malestar fisiológico.

Lo más fascinante es que la práctica regular de atención plena potencia este efecto. Las personas que son más conscientes en su vida diaria experimentan cambios más profundos en la activación cerebral al etiquetar sus emociones: su amígdala se calma más rápido y su corteza prefrontal se activa con mayor eficacia. No es solo una cuestión de voluntad, sino de haber optimizado el cableado cerebral para gestionar la intensidad emocional.

Aplicación práctica en la clínica: Del laboratorio a la sesión

En la práctica clínica, no basta con conocer la teoría; necesitamos herramientas concretas. El etiquetado afectivo se implementa siguiendo unas pautas estrictas para evitar que el paciente caiga nuevamente en el juicio. Para que sea eficaz, la etiqueta debe ser:

1. Corta: No buscamos un diario íntimo, sino una palabra rápida (ej. "tristeza", "angustia", "frustración").
2. Descriptiva y no juiciosa: Evitamos etiquetas como "estoy siendo un idiota". La etiqueta debe ser algo que cualquier otra persona pudiera reconocer objetivamente.

La evidencia de esta técnica es tan robusta que se ha utilizado incluso en contextos de fobias. Por ejemplo, personas con miedo a las arañas o serpientes que etiquetaban su afecto durante la exposición mostraron una reducción en la conductancia cutánea (un indicador de estrés) y una mayor capacidad de aproximación al estímulo que quienes no lo hacían.

Integración en el proceso terapéutico

Cuando trabajo con mis pacientes, integro ejercicios formales e informales de atención plena. Si un paciente se encuentra atrapado en un pensamiento no útil, le insto a hacer una pausa y observar la experiencia interna sin intentar cambiarla inmediatamente. Tras el ejercicio, es vital realizar una evaluación post-ejercicio para anclar el aprendizaje. Suelo preguntar:

  • "En una escala del 0 al 10, ¿qué intensidad tiene la tristeza ahora?"
  • "¿Notaste que tu mente vagaba durante la práctica?"
  • "¿Fuiste capaz de retornar la atención a la respiración?"

Si el paciente responde que sí pudo regresar a la respiración, le pregunto: "¿Qué te dice esto sobre tu capacidad para soltar la rumiación?". Este proceso transforma una simple técnica de relajación en una evidencia empírica para el paciente: descubre que él tiene el control sobre su atención y que la emoción, aunque intensa, es transitoria.


martes, 26 de noviembre de 2024

Entender la neurología del estrés

Bases neurológicas del estrés

El estrés es un fenómeno común con el que todos lidiamos. Nuestro cerebro actúa como un complejo panel de control. Ante una amenaza o desafío, se encienden señales de alerta. Si estas señales persisten, el cuerpo empieza a manifestar los efectos del estrés.


Desde un punto de vista neurológico y biológico, la amígdala es la primera en reaccionar al estrés, actuando como un sistema de alarma que envía señales al hipotálamo. Este proceso desencadena la liberación de cortisol y adrenalina por parte de las glándulas suprarrenales. El cortisol eleva los niveles de azúcar en la sangre y optimiza el uso de glucosa por el cerebro, mientras suprime funciones no esenciales como la digestión. La adrenalina, por su parte, aumenta el ritmo cardíaco y la presión arterial, proporcionando un incremento de energía.

A corto plazo, esta reacción es beneficiosa, pero si se mantiene, puede provocar serios problemas de salud como ansiedad y trastornos cardíacos. El cortisol, en niveles elevados de manera constante, actúa como un recordatorio persistente de que algo anda mal, y si no desactivamos esta alarma, el cuerpo sufre las consecuencias.

El estrés crónico afecta diversos sistemas del cuerpo. El sistema cardiovascular está en mayor riesgo de hipertensión, enfermedades del corazón y derrames cerebrales. El sistema inmunológico se debilita, haciéndonos más propensos a infecciones. También puede causar problemas digestivos como el síndrome del intestino irritable. Además, impacta la salud mental, incrementando la ansiedad y la depresión, y provoca dificultades para dormir, aumento de peso y problemas de memoria y concentración.


¿Por qué el estrés afecta a unas personas más que a otras?

La percepción del estrés varía entre individuos. Algunas personas tienen una amígdala particularmente sensible debido a factores neurológicos, experiencias traumáticas previas o hábitos adquiridos. Esta sensibilidad puede hacer que reaccionen con mayor intensidad a situaciones que otros podrían considerar triviales.

El cerebro cuenta con un mecanismo de equilibrio: la corteza prefrontal, que ayuda a evaluar la gravedad de las amenazas. Si este mecanismo no funciona adecuadamente, el estrés puede dominar. La eficacia de la corteza prefrontal varía entre individuos, influenciada por factores innatos y por el entrenamiento y la experiencia. La corteza parietal también desempeña un papel crucial al contextualizar la información. La percepción del peligro depende del contexto y nuestras creencias, que median nuestra percepción del mundo.

Modificar nuestras creencias es esencial para gestionar el estrés. La vida moderna con sus constantes demandas personales y laborales contribuye al estrés. La forma en que percibimos el mundo y nuestras creencias sobre la vida influyen significativamente en cómo manejamos el estrés. Cambiar estas creencias no es sencillo y puede requerir la ayuda de un profesional, pero es un esfuerzo que vale la pena. Entender las raíces neurológicas y ambientales del estrés y modificar nuestra perspectiva puede ayudarnos a encontrar un equilibrio y vivir una vida más tranquila y feliz.




jueves, 19 de mayo de 2022

Cambiando mis creencias

Nuestras emociones dependen de lo que creemos

Es muy habitual, dentro de un tratamiento psicológico, trabajar con el sistema de creencias de un cliente como un método para mejorar su respuesta emocional ante la vida.

Puede parecer que no tiene mucho que ver, pero si lo piensas un poco te darás cuenta de que las personas que reaccionan de una forma emocional diferente a la tuya es porque tienen otras creencias. Te puedo poner unos cuantos ejemplos:
  • Si una persona piensa que la naturaleza tiene una gran belleza intrínseca o que la naturaleza es un "milagro", ante una puesta de sol, un paisaje frondoso o una montaña escarpada, se emocionará. Por otro lado, si una persona piensa que la naturaleza es fruto del puro azar y que no tiene nada especialmente sorprendente porque son leyes físicas las que rigen su formación difícilmente podrá contemplar alguno de los anteriores paisajes con alga más que indiferencia.
  • Creer que toda buena acción debe tener su recompensa conlleva tristeza cuando somos defraudados por amigos, familiares o nuestro prójimo en general, mientras que ver a las personas desde un punto de vista más cínico o considerar a todo el mundo egoísta por naturaleza permite tomarse con cierta indiferencia las reacciones indeseadas de los demás.
  • Si consideramos que el mundo es justo, podemos explotar de rabia cuando nos ponen una multa no justificada, cuando hacienda nos pide una revisión o simplemente cuando nos cobran mal en un establecimiento, por el contrario, considerar que todo el mundo se equivoca, nos hace ser menos emocionales ante las "injusticias" del mundo.

Llevo un tiempo trabajando con una clienta para ayudarle a crear un nuevo sistema de creencias que la haga más resistente a los altibajos emocionales. Ha hecho un excelente trabajo y le he pedido permiso para publicarlo en este blog. 
He hecho algunos ligeros cambios para hacer el sistema de creencias más general, pero es básicamente el que ha creado ella.
Se basa en cuatro creencias principales, cada una con cuatro subcreencias secundarias (aspectos importantes de la creencia principal a los que prestar especial atención).
  1. Soy capaz:
    1. Puedo decidir por mí mismo.
    2. No necesito la aprobación de los demás.
    3. Soy capaz de reaccionar ante el error.
    4. Mi valor no depende de lo productivo que sea.
  2. La perfección y el control excesivo me llevan a la autodestrucción y al conflicto:
    1. No existe decisión perfecta, sino la que creo que es la correcta en ese momento.
    2. No pasa nada si me equivoco.
    3. Confío en mi cuerpo.
    4. Dar muchas vueltas a las cosas no las soluciona.
  3. Yo soy mi prioridad:
    1. Puedo ayudar a los demás, siempre que no me perjudique a mí.
    2. Mi valor no depende de lo que opinen los demás.
    3. No necesito justificarme.
    4. Puedo decir no.
  4. El mundo es injusto:
    1. Acepto que no siempre se cumplirán mis expectativas.
    2. Acepto que no puedo cambiar a los demás.
    3. Puedo aceptar que los demás no me entiendan ni estén de acuerdo conmigo.
    4. Lo hago porque quiero, no por tener una recompensa.
Creo que es un sistema de creencias muy generalizable y que puede ser útil para muchas personas, por eso he querido publicarlo.

En otro artículo explicaré como implantar nuevas creencias (y como extinguir las anteriores), pero el primer paso es crear un sistema de creencias con que el estemos de acuerdo y nos parezca coherente. Partiendo de este y particularizándolo para las necesidades específicas de cada persona tenemos la mitad del trabajo hecho.




miércoles, 18 de mayo de 2022

El diagnóstico en psicología

 

¿Por qué no me dices lo que me pasa?

Te imaginas ir al médico con un problema y que el médico te extienda una receta sin explicarte lo que te pasa. Que ni siquiera te auscultara o mirase la parte afectada.
Supongo que no te conformarías sin más. Cómo mínimo preguntarías qué cree que tienes.

Sin embargo a los profesionales de la salud mental se lo consentís. Les contáis vuestros problemas, os escuchan un rato, quizás os hagan algunas preguntas, y sin hacer un diagnóstico empiezan un tratamiento.

Hay muchos psicólogos que dicen que hacer un diagnóstico es poner etiquetas y que eso es estigmatizante para la persona.
Y yo pienso que si el propio psicólogo piensa así cómo vamos a evitar encontrarnos con personas que sienten vergüenza por ir al psicólogo, como si eso fuera algo humillante: "mi cerebro no funciona". Con esas actitudes convertimos la salud mental en la nueva lepra.

Un diagnóstico ayuda a la persona a entender su problema y guía al profesional en la solución del mismo, sin dar palos de ciego.
Un diagnóstico no es una etiqueta, es una explicación de la etiología del problema.
Un diagnóstico no se consigue con cuatro preguntas, se realiza con instrumentos psicométricos (vamos, con test y cuestionarios) y con una entrevista diagnóstica, que aunque sea libre conlleva una serie de cuestiones más o menos estructuradas.

Hoy en día, la técnica de la electroencefalografía cuantitativa nos ayuda a hacer un diagnóstico muy fiable y objetivo, sin menos sesgos que los sistemas clásicos, que no obstante siguen siendo perfectamente válidos. Puedes saber más sobre esta técnica en este artículo.

Un diagnóstico tiene que ser específico y referirse a una etiqueta diagnóstica estándar. En psicología hay dos: CIE-10 y DSM-V.
Un diagnóstico tiene que realizarse a varios niveles. Al menos el externo y visible (el síntoma) y el interno y desencadenante (la personalidad subyacente).

Si vas a ir al psiquiatra o al psicólogo, o estás yendo, exige tu diagnóstico.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Los ansiolíticos no son tan malos

Tomando psicofármacos con cabeza

Es habitual que si tienes un problema de ansiedad y acudes a tu médico te recete un antidepresivo o, en ocasiones un antidepresivo y un ansiolítico, pero difícilmente te recetará solo un ansiolítico.
Los ansiolíticos tienen mala fama, sin embargo cualquiera que haya leído el prospecto de un antidepresivo, fijándose en sus efectos adversos, tendrá dificultades para imaginar un medicamento peor.
Entiendo que hay dos razones principales para evitar en la medida de lo posible el recetar ansiolíticos: por una parte, su elevado potencial para crear dependencia -es decir, que son adictivos- y, por otra parte, el mal uso que solemos hacer en este país de la medicación, con nuestra tendencia a automedicarnos, regularnos las dosis según nuestro propio criterio y cambiarnos los tratamientos sin la supervisión adecuada.
Sin embargo, aunque muchos antidepresivos tengan también un ligero efecto ansiolítico, para problemas graves de ansiedad lo normal es que ayuden muy poco, además de tardar bastantes días en empezar a tener algún efecto.


Hagamos un inciso porque quiero comentar, antes de seguir, que muchos estudios muestran que los psicofármacos, sean antidepresivos, ansiolíticos o antipsicóticos, no curan los trastornos psicológicos, sino que son un mero parche, ya que al retirar el tratamiento los síntomas reaparecen casi de inmediato -incluso mucas veces potenciados por el efecto rebote-. Por ejemplo, se ha discutido si los antidepresivos realmente curan la depresión, pero varios estudios muestran que aunque haya un alivio de los síntomas al terminar el tratamiento farmacológico, el abordaje de la depresión solo con antidepresivos tiende a cronificar la enfermedad -hacerla periódica-.
La recomendación a nivel internacional del tratamiento de los trastornos psicológicos de la depresión y la ansiedad es que se realice mediante terapia psicológica, que puede apoyarse con psicofármacos, pero no exclusivamente con medicación.
Cuando una persona acude a la consulta de un psicólogo con síntomas que le desbordan es difícil hacer terapia con dicha persona, por lo que en esos casos suele ser necesario el apoyo de una medicación que le reduzca los síntomas y le permita sobrellevar tanto el tratamiento por terapia, como su vida, pero entendiendo que lo que le va a curar a la larga es la terapia, no los fármacos.

Así pues, lo que pretendo en este artículo es explicar un poco mejor los diferentes tipos de ansiolíticos, entendidos como un apoyo a los momentos de mucha ansiedad, no como un tratamiento en sí mismo sino como un medicamento que alivie los síntomas mientras seguimos un proceso terapéutico alternativo que realmente cure la causa de la ansiedad y no solo sus manifestaciones.
No he tenido ningún cliente que tomando los ansiolíticos de la forma adecuada, a demanda o en temporadas muy cortas, haya tenido ningún problema de adicción a los mismos.



Para empezar, nombraré muy brevemente los ansiolíticos clásicos, los barbitúricos, que se consideran demasiado peligrosos hoy en día por su efecto sedante sumamente rápido y por su excesiva toxicidad.

También voy a nombrar muy brevemente los antiestamínicos, ya que algunos de los fármacos de esta familia además de servir para tratar los síntomas alérgicos tienen un efecto ansiolítico, reduciendo los síntomas de ansiedad, aliviando la tensión muscular y con un considerable efecto hipnótico -somnífero-.

La buspirona es un anisolítico un tanto inusual, ya que su vía de acción es bastante diferente al resto de ansiolíticos habituales. Para empezar, apenas tiene efectos secundarios, no crea dependencia y no tiene efectos sedantes. Como limitante, sus efectos tardan en hacerse notar unas dos semanas, por lo que no es útil para el tratamiento de trastornos de ansiedad con crisis puntuales, como los trastornos de pánico o las somatizaciones, pero sí resulta adecuado para trastornos de ansiedad generalizada.

Pero la gran familia de ansiolíticos de la actualidad son las benzodiacepinas, que datan de la época de los 60 y se han convertido en el fármaco por excelencia para el tratamiento de los cuadros de ansiedad. Sin embargo, dentro de esta familia existen medicamentos muy diversos, cada uno con sus características definitorias. A continuación comentaré algunos de los más importantes.

Antes de empezar a analizar las principales bezodiacepinas querría hacer una pequeña aportación personal para explicarlas mejor. Cuando trabajo con mis clientes clasifico los efectos que producen en tres grupos: hipnóticos, para tratamiento del insomnio; físicos, para el tratamiento de los dolores musculares y otras molestias de origen psicosomático; mentales, para calmar la mente. Todas las benzodiacepinas actúan en estos tres ejes y me ayuda clasificarlas según su mayor o menor efecto en cada uno de esos ámbitos, para explicar mejor su uso más adecuado. Entiéndase que esta clasificación es muy simplista y el efecto puede variar entre diferentes personas, pero encuentro que resulta muy útil para que mis clientes entiendan las diferencias entre los diferentes fármacos de esta familia.
Otro comentario adicional, cuando hablo del tiempo de efecto de los ansiolíticos, hay que tener en cuenta que cambia mucho según la constitución de la persona y del tiempo que se lleven tomando, ya que producen resistencia -cada vez hace falta más dosis para conseguir el mismo efecto-. Además, el efecto álgido es al poco tiempo de tomar el medicamento y va decayendo progresivamente. 

El primero a comentar no puede ser otro que el diazepam, más conocido por el nombre comercial de valium, que fue la primera benzodiacepina en ser descubierta. Según la taxonomía que acabo de exponer se puede decir que tiene un muy fuerte efecto físico, un fuerte efecto cerebral y un ligero efecto hipnótico. Produce elevada dependencia, sobre todo a dosis altas. De los ansiolíticos habitualmente recetados es uno de los que tiene la vida más larga, es decir que permanece haciendo efecto durante más tiempo, por encima de 24 horas.

Otro de los que considero primordiales es el alprazolam, conocido por su nombre comercial de trankimazin. Es muy fuerte en su efecto cerebral, fuerte en el físico y muy débil en el hipnótico. Tiene mala fama por su alta dependencia, pero tomado de forma adecuada es el mejor para la mayoría de los trastornos de ansiedad, especialmente con los ataques de pánico y con el pensamiento obsesivo. Su efecto activo dura entre 6 y 12 horas, aproximadamente.

Uno de los más recetados es el lorazepam, seguro que os suena orfidal que es su nombre comercial. Tiene un elevado efecto hipnótico, un moderado efecto físico y un débil efecto cerebral. Es muy útil para problemas de insomnio, pero poco más, debido al aletargamiento que provoca a otras horas del día. Crea menos dependencia que los anteriores. Aunque su efecto como ansiolítico es de más de 10 horas, su efecto como hipnótico suele estar entre 6 y 8 horas.

El bromazepam, comercializado con el nombre de lexatin, tiene un efecto moderado en el ámbito cerebral y físico y débil en el hipnótico, cuando se toma en dosis normales, pero puede ser recetado en dosis elevadas, con lo que se aumenta considerablemente su intensidad. Es muy adictivo y especialmente tóxico si se toma junto con alcohol. Su efecto dura algo más de 10 horas.

Uno de los habitualmente recetados para el tratamiento de insomnio es el lormetazepam, cuyo nombre comercial es noctamid, que tiene efectos moderados como hipnótico y débiles en lo cerebral y físico. Tiene una vida más corta que los anteriores, entre 4 y 6 horas como hipnótico.

También es habitual la prescripción de clorazepato, más conocido por su nombre comercial de tranxilium, con un efecto fuerte en el ámbito cerebral y físico y leve en el hipnótico. Tiene un efecto muy prolongado, que suele superar las 24 horas.



Espero que esta breve revisión de los principales ansiolíticos os resulte útil y, sobre todo, que os quedéis con la idea en que son muy eficaces reduciendo síntomas en momentos puntuales o temporadas muy cortas, pero a la larga no curan un trastorno por sí mismos y pueden ser problemáticos por lo adictivos que resultan.












miércoles, 25 de septiembre de 2019

La dependencia afectiva

Dándose para sentirse querido

La mayoría de las personas que acuden a mi consulta tienen un problema de dependencia afectiva (a veces junto con otros problemas, pero no es raro que la dependencia afectiva sea el principal).
Frente a lo que pudiera pensarse desde el estereotipado sesgo cultural, que dibuja a los hombres indolentes y a las mujeres sensibles, es un trastorno que afecta a ambos sexos, yo diría que por igual.
Todos necesitamos sentirnos queridos y la mayoría hacemos cosas que no debemos para conseguirlo (aclaro: que no debemos hacer porque van contra nuestra salud emocional y nuestra autoestima).

He tratado en el párrafo anterior la dependencia afectiva como un trastorno, aunque ningún manual diagnóstico la recoge como tal -que yo sepa-, quizás porque se trata de una etiqueta demasiado amplia y caracterizada por muchas conductas posibles. Es decir, que cada uno a nuestra manera hemos encontrado una fórmula propia de hacernos imprescindibles a los demás y así obtener su cariño.

Una puntualización más antes de entrar en el meollo de este artículo: la dependencia afectiva no se refiere solo a la pareja, aunque en muchos casos es nuestra dependencia más evidente, sino a cualquier persona de nuestro entorno -familia, amigos, compañeros- y hasta a desconocidos -necesitamos que piensen bien de nosotros incluso personas que se cruzan en nuestra vida por un instante para desaparecer por siempre jamás-.


¿Qué caracteriza a las personas con dependencia afectiva? Antes he dicho que hay muchas conductas que se engloban bajo esta etiqueta, veamos una lista de las más frecuentes:
  • Dificultad para poner límites: consiste en permitir que los demás nos traten o hablen sin respetar nuestras zonas de seguridad íntima, personal, social y pública. Sentimos que los demás abusan de nosotros en alguno de esos ámbitos y no nos vemos capaces de impedirlo.
  • Dificultad para ser uno mismo: nos preocupa tanto como nos ven los demás que nos olvidamos de ser nosotros mismos.
  • Dificultad para poner fin a una relación: no solo de pareja, sino también a relaciones familiares tóxicas o amistades que no nos aportan nada positivo.
  • Practicar juegos psicológicos: nos hacemos la víctima para que nos compadezcan, castigamos a los otros o nos hacemos los salvadores para que se sientan obligados a recompensarnos.
  • Dar o darse para obtener algo a cambio: nos subyugamos a los demás, tanto en lo material como en lo emocional, para obtener su reconocimiento o su cariño.
  • Necesitar a los demás para sentirse completo: miedo a la soledad, que no implica tener que estar siempre con gente, sino saber que están "ahí" para cuando los necesitemos.
  • Buscar la valoración de los demás: nos juzgamos siempre desde los ojos de los demás y no desde los propios. Queremos gustar y ser valorados por los otros y cuando no lo conseguimos o no obtenemos el reconocimiento que esperábamos nos sentimos no válidos.

Aunque parezca algo fuera de lugar en un artículo "serio" quería mencionar un término popular que ejemplariza la dependencia afectiva, se trata del "pagafantas".
Coloquialmente es un término que se refiere a un hombre que hacen favores a una mujer para conseguir su afecto, cuando normalmente dicha mujer o trata a ese hombre como un simple amigo o recibe sus favores sin dar nada a cambio. Sin embargo, aunque se atribuye culturalmente a los hombres, seguramente todos conocemos a alguna mujer a la que en algún momento hemos podido calificar de "pagafantas". Incluso, si pensamos un poco, podemos fácilmente extrapolar esa conducta no solo a un intento de "ligue" sino a cualquier comportamiento de una persona que hace favores de una forma demasiado gratuita a los demás.


Como he dicho en la introducción, la dependencia afectiva se da hacia cualquiera, pero es más evidente cuando hablamos de relaciones de pareja. Las principales características de una persona que padece dependencia afectiva con su pareja son:

  • Excusa o justifica el poco amor recibido: a pesar de que su pareja lo trata mal o lo ignora expone argumentos a los demás y a sí mismo para explicar dicho comportamiento.
  • Recibe poco del otro y a pesar de ello siente que le está haciendo un favor: la visión de la relación está tan distorsionada que no se ve lo asimétrica que es realmente.
  • Minimiza los defectos de una relación y amplifica sus virtudes: se amplifica lo poco bueno y se minimiza lo que no funciona, que suele ser lo que realmente impera en la relación.
  • No se resigna a la pérdida: cuando la relación termina se niega a aceptarlo, siendo típicos las siguientes reacciones: pensar que hay amor donde ya no lo hay, persistir tozudamente en recuperar una relación perdida y alejarse, pero no del todo.

Aunque habría mucho que hablar de la dependencia afectiva, espero haber realizado en este breve artículo una semblanza adecuada que permita a cada cuál examinarse y descubrir su propia tendencia a este tipo de conductas.

Faltaría hablar de cual es el proceso por el que podemos dejar de ser dependientes de los afectos de los demás, lo que se denomina autonomía afectiva, pero eso será objeto de otro artículo.