miércoles, 6 de noviembre de 2019

Los ansiolíticos no son tan malos

Tomando psicofármacos con cabeza

Es habitual que si tienes un problema de ansiedad y acudes a tu médico te recete un antidepresivo o, en ocasiones un antidepresivo y un ansiolítico, pero difícilmente te recetará solo un ansiolítico.
Los ansiolíticos tienen mala fama, sin embargo cualquiera que haya leído el prospecto de un antidepresivo, fijándose en sus efectos adversos, tendrá dificultades para imaginar un medicamento peor.
Entiendo que hay dos razones principales para evitar en la medida de lo posible el recetar ansiolíticos: por una parte, su elevado potencial para crear dependencia -es decir, que son adictivos- y, por otra parte, el mal uso que solemos hacer en este país de la medicación, con nuestra tendencia a automedicarnos, regularnos las dosis según nuestro propio criterio y cambiarnos los tratamientos sin la supervisión adecuada.
Sin embargo, aunque muchos antidepresivos tengan también un ligero efecto ansiolítico, para problemas graves de ansiedad lo normal es que ayuden muy poco, además de tardar bastantes días en empezar a tener algún efecto.


Hagamos un inciso porque quiero comentar, antes de seguir, que muchos estudios muestran que los psicofármacos, sean antidepresivos, ansiolíticos o antipsicóticos, no curan los trastornos psicológicos, sino que son un mero parche, ya que al retirar el tratamiento los síntomas reaparecen casi de inmediato -incluso mucas veces potenciados por el efecto rebote-. Por ejemplo, se ha discutido si los antidepresivos realmente curan la depresión, pero varios estudios muestran que aunque haya un alivio de los síntomas al terminar el tratamiento farmacológico, el abordaje de la depresión solo con antidepresivos tiende a cronificar la enfermedad -hacerla periódica-.
La recomendación a nivel internacional del tratamiento de los trastornos psicológicos de la depresión y la ansiedad es que se realice mediante terapia psicológica, que puede apoyarse con psicofármacos, pero no exclusivamente con medicación.
Cuando una persona acude a la consulta de un psicólogo con síntomas que le desbordan es difícil hacer terapia con dicha persona, por lo que en esos casos suele ser necesario el apoyo de una medicación que le reduzca los síntomas y le permita sobrellevar tanto el tratamiento por terapia, como su vida, pero entendiendo que lo que le va a curar a la larga es la terapia, no los fármacos.

Así pues, lo que pretendo en este artículo es explicar un poco mejor los diferentes tipos de ansiolíticos, entendidos como un apoyo a los momentos de mucha ansiedad, no como un tratamiento en sí mismo sino como un medicamento que alivie los síntomas mientras seguimos un proceso terapéutico alternativo que realmente cure la causa de la ansiedad y no solo sus manifestaciones.
No he tenido ningún cliente que tomando los ansiolíticos de la forma adecuada, a demanda o en temporadas muy cortas, haya tenido ningún problema de adicción a los mismos.



Para empezar, nombraré muy brevemente los ansiolíticos clásicos, los barbitúricos, que se consideran demasiado peligrosos hoy en día por su efecto sedante sumamente rápido y por su excesiva toxicidad.

También voy a nombrar muy brevemente los antiestamínicos, ya que algunos de los fármacos de esta familia además de servir para tratar los síntomas alérgicos tienen un efecto ansiolítico, reduciendo los síntomas de ansiedad, aliviando la tensión muscular y con un considerable efecto hipnótico -somnífero-.

La buspirona es un anisolítico un tanto inusual, ya que su vía de acción es bastante diferente al resto de ansiolíticos habituales. Para empezar, apenas tiene efectos secundarios, no crea dependencia y no tiene efectos sedantes. Como limitante, sus efectos tardan en hacerse notar unas dos semanas, por lo que no es útil para el tratamiento de trastornos de ansiedad con crisis puntuales, como los trastornos de pánico o las somatizaciones, pero sí resulta adecuado para trastornos de ansiedad generalizada.

Pero la gran familia de ansiolíticos de la actualidad son las benzodiacepinas, que datan de la época de los 60 y se han convertido en el fármaco por excelencia para el tratamiento de los cuadros de ansiedad. Sin embargo, dentro de esta familia existen medicamentos muy diversos, cada uno con sus características definitorias. A continuación comentaré algunos de los más importantes.

Antes de empezar a analizar las principales bezodiacepinas querría hacer una pequeña aportación personal para explicarlas mejor. Cuando trabajo con mis clientes clasifico los efectos que producen en tres grupos: hipnóticos, para tratamiento del insomnio; físicos, para el tratamiento de los dolores musculares y otras molestias de origen psicosomático; mentales, para calmar la mente. Todas las benzodiacepinas actúan en estos tres ejes y me ayuda clasificarlas según su mayor o menor efecto en cada uno de esos ámbitos, para explicar mejor su uso más adecuado. Entiéndase que esta clasificación es muy simplista y el efecto puede variar entre diferentes personas, pero encuentro que resulta muy útil para que mis clientes entiendan las diferencias entre los diferentes fármacos de esta familia.
Otro comentario adicional, cuando hablo del tiempo de efecto de los ansiolíticos, hay que tener en cuenta que cambia mucho según la constitución de la persona y del tiempo que se lleven tomando, ya que producen resistencia -cada vez hace falta más dosis para conseguir el mismo efecto-. Además, el efecto álgido es al poco tiempo de tomar el medicamento y va decayendo progresivamente. 

El primero a comentar no puede ser otro que el diazepam, más conocido por el nombre comercial de valium, que fue la primera benzodiacepina en ser descubierta. Según la taxonomía que acabo de exponer se puede decir que tiene un muy fuerte efecto físico, un fuerte efecto cerebral y un ligero efecto hipnótico. Produce elevada dependencia, sobre todo a dosis altas. De los ansiolíticos habitualmente recetados es uno de los que tiene la vida más larga, es decir que permanece haciendo efecto durante más tiempo, por encima de 24 horas.

Otro de los que considero primordiales es el alprazolam, conocido por su nombre comercial de trankimazin. Es muy fuerte en su efecto cerebral, fuerte en el físico y muy débil en el hipnótico. Tiene mala fama por su alta dependencia, pero tomado de forma adecuada es el mejor para la mayoría de los trastornos de ansiedad, especialmente con los ataques de pánico y con el pensamiento obsesivo. Su efecto activo dura entre 6 y 12 horas, aproximadamente.

Uno de los más recetados es el lorazepam, seguro que os suena orfidal que es su nombre comercial. Tiene un elevado efecto hipnótico, un moderado efecto físico y un débil efecto cerebral. Es muy útil para problemas de insomnio, pero poco más, debido al aletargamiento que provoca a otras horas del día. Crea menos dependencia que los anteriores. Aunque su efecto como ansiolítico es de más de 10 horas, su efecto como hipnótico suele estar entre 6 y 8 horas.

El bromazepam, comercializado con el nombre de lexatin, tiene un efecto moderado en el ámbito cerebral y físico y débil en el hipnótico, cuando se toma en dosis normales, pero puede ser recetado en dosis elevadas, con lo que se aumenta considerablemente su intensidad. Es muy adictivo y especialmente tóxico si se toma junto con alcohol. Su efecto dura algo más de 10 horas.

Uno de los habitualmente recetados para el tratamiento de insomnio es el lormetazepam, cuyo nombre comercial es noctamid, que tiene efectos moderados como hipnótico y débiles en lo cerebral y físico. Tiene una vida más corta que los anteriores, entre 4 y 6 horas como hipnótico.

También es habitual la prescripción de clorazepato, más conocido por su nombre comercial de tranxilium, con un efecto fuerte en el ámbito cerebral y físico y leve en el hipnótico. Tiene un efecto muy prolongado, que suele superar las 24 horas.



Espero que esta breve revisión de los principales ansiolíticos os resulte útil y, sobre todo, que os quedéis con la idea en que son muy eficaces reduciendo síntomas en momentos puntuales o temporadas muy cortas, pero a la larga no curan un trastorno por sí mismos y pueden ser problemáticos por lo adictivos que resultan.












miércoles, 25 de septiembre de 2019

La dependencia afectiva

Dándose para sentirse querido

La mayoría de las personas que acuden a mi consulta tienen un problema de dependencia afectiva (a veces junto con otros problemas, pero no es raro que la dependencia afectiva sea el principal).
Frente a lo que pudiera pensarse desde el estereotipado sesgo cultural, que dibuja a los hombres indolentes y a las mujeres sensibles, es un trastorno que afecta a ambos sexos, yo diría que por igual.
Todos necesitamos sentirnos queridos y la mayoría hacemos cosas que no debemos para conseguirlo (aclaro: que no debemos hacer porque van contra nuestra salud emocional y nuestra autoestima).

He tratado en el párrafo anterior la dependencia afectiva como un trastorno, aunque ningún manual diagnóstico la recoge como tal -que yo sepa-, quizás porque se trata de una etiqueta demasiado amplia y caracterizada por muchas conductas posibles. Es decir, que cada uno a nuestra manera hemos encontrado una fórmula propia de hacernos imprescindibles a los demás y así obtener su cariño.

Una puntualización más antes de entrar en el meollo de este artículo: la dependencia afectiva no se refiere solo a la pareja, aunque en muchos casos es nuestra dependencia más evidente, sino a cualquier persona de nuestro entorno -familia, amigos, compañeros- y hasta a desconocidos -necesitamos que piensen bien de nosotros incluso personas que se cruzan en nuestra vida por un instante para desaparecer por siempre jamás-.


¿Qué caracteriza a las personas con dependencia afectiva? Antes he dicho que hay muchas conductas que se engloban bajo esta etiqueta, veamos una lista de las más frecuentes:
  • Dificultad para poner límites: consiste en permitir que los demás nos traten o hablen sin respetar nuestras zonas de seguridad íntima, personal, social y pública. Sentimos que los demás abusan de nosotros en alguno de esos ámbitos y no nos vemos capaces de impedirlo.
  • Dificultad para ser uno mismo: nos preocupa tanto como nos ven los demás que nos olvidamos de ser nosotros mismos.
  • Dificultad para poner fin a una relación: no solo de pareja, sino también a relaciones familiares tóxicas o amistades que no nos aportan nada positivo.
  • Practicar juegos psicológicos: nos hacemos la víctima para que nos compadezcan, castigamos a los otros o nos hacemos los salvadores para que se sientan obligados a recompensarnos.
  • Dar o darse para obtener algo a cambio: nos subyugamos a los demás, tanto en lo material como en lo emocional, para obtener su reconocimiento o su cariño.
  • Necesitar a los demás para sentirse completo: miedo a la soledad, que no implica tener que estar siempre con gente, sino saber que están "ahí" para cuando los necesitemos.
  • Buscar la valoración de los demás: nos juzgamos siempre desde los ojos de los demás y no desde los propios. Queremos gustar y ser valorados por los otros y cuando no lo conseguimos o no obtenemos el reconocimiento que esperábamos nos sentimos no válidos.

Aunque parezca algo fuera de lugar en un artículo "serio" quería mencionar un término popular que ejemplariza la dependencia afectiva, se trata del "pagafantas".
Coloquialmente es un término que se refiere a un hombre que hacen favores a una mujer para conseguir su afecto, cuando normalmente dicha mujer o trata a ese hombre como un simple amigo o recibe sus favores sin dar nada a cambio. Sin embargo, aunque se atribuye culturalmente a los hombres, seguramente todos conocemos a alguna mujer a la que en algún momento hemos podido calificar de "pagafantas". Incluso, si pensamos un poco, podemos fácilmente extrapolar esa conducta no solo a un intento de "ligue" sino a cualquier comportamiento de una persona que hace favores de una forma demasiado gratuita a los demás.


Como he dicho en la introducción, la dependencia afectiva se da hacia cualquiera, pero es más evidente cuando hablamos de relaciones de pareja. Las principales características de una persona que padece dependencia afectiva con su pareja son:

  • Excusa o justifica el poco amor recibido: a pesar de que su pareja lo trata mal o lo ignora expone argumentos a los demás y a sí mismo para explicar dicho comportamiento.
  • Recibe poco del otro y a pesar de ello siente que le está haciendo un favor: la visión de la relación está tan distorsionada que no se ve lo asimétrica que es realmente.
  • Minimiza los defectos de una relación y amplifica sus virtudes: se amplifica lo poco bueno y se minimiza lo que no funciona, que suele ser lo que realmente impera en la relación.
  • No se resigna a la pérdida: cuando la relación termina se niega a aceptarlo, siendo típicos las siguientes reacciones: pensar que hay amor donde ya no lo hay, persistir tozudamente en recuperar una relación perdida y alejarse, pero no del todo.

Aunque habría mucho que hablar de la dependencia afectiva, espero haber realizado en este breve artículo una semblanza adecuada que permita a cada cuál examinarse y descubrir su propia tendencia a este tipo de conductas.

Faltaría hablar de cual es el proceso por el que podemos dejar de ser dependientes de los afectos de los demás, lo que se denomina autonomía afectiva, pero eso será objeto de otro artículo.









miércoles, 6 de febrero de 2019

¿Se puede ser feliz 24 horas?

Un nuevo enfoque de la inteligencia emocional

Hace algún tiempo estaba en la fase final de la terapia con un cliente, puliendo algunos detalles para darle el alta, cuando surgió el tema de cómo mantener el estado de bienestar que había conseguido alcanzar en esos momentos al resto de su vida.
La respuesta de esa pregunta pretende ser el contenido de este artículo y se basa en un desarrollo personal que he hecho sobre el concepto de inteligencia emocional.




Una definición tradicional de este concepto podría ser la capacidad de gestionar adecuadamente nuestras emociones que nos permita sentirnos mejor con nosotros mismos y en nuestras relaciones con los demás.
Sin embargo, definido así es un concepto poco operativo. ¿Cómo se le explica a un cliente de forma fácil a ser inteligente emocionalmente hablando?
Pues la respuesta es: simplificando.
Me planteé qué valores deberían primar en una persona para que el resultado de actuar respecto a los mismos tuviese los mismos efectos que conducirse con una buena inteligencia emocional.

Repasé los valores con los que suelo trabajar con mis clientes y traté de encontrar el conjunto de los mismos que, puestos en juego a la vez, permitirían a una persona comportarse como el perfecto modelo no solo de inteligente, sino de sabio emocional.



Al final los valores que seleccioné son:

  • Flexibilidad: la capacidad de plegarse a las exigencias de la vida, vivir fluyendo en vez de peleando.
  • Racionalidad: analizar los hechos de la forma más objetiva y realista posible.
  • Autoestima: quererse, aceptarse y perdonarse a uno mismo por encima de todas las cosas.
  • Asertividad: trasmitir a los demás lo que sentimos sin sentirnos mal por ello.
No son valores desconocidos, pero puestos en acción en conjunto son un buen camino a la felicidad permanente.
Trabajando esta técnica con varios clientes los resultados están siendo muy positivos. 

Ante cualquier situación debemos ser conscientes de que no podemos cambiar el mundo y seremos más felices aceptándolo como es con sus defectos e imperfecciones (flexibilidad), analizando las cosas lo más objetivamente posible no dejándonos ofuscar por nuestras creencias subjetivas (racionalidad), haciendo saber a los demás lo que sentimos y necesitamos de ellos de forma calmada y razonada (asertividad), aceptando que los demás puedan darnos una respuesta negativa (flexibilidad de nuevo) como algo externo y no sintiéndolo como un fracaso (autoestima).

Ser feliz supone empoderarnos de nuestro propio destino, aceptando que no podemos cambiar a los que nos rodean (flexibilidad), pero sí podemos negociar con ellos para tratar de conseguir lo que necesitamos (asertividad), tratando de que nuestras demandas y nuestras decisiones sean siempre las más adecuadas para nosotros (racionalidad) y perdonándonos cualquier error que podamos cometer en nuestro camino (autoestima).


No se trata de ser siempre flexible, racional, seguro y asertivo, sino de intentarlo. La felicidad siempre suele estar en el camino.





miércoles, 23 de enero de 2019

La base de la psicoterapia moderna

La Regulación Emocional

Aunque se supone que la tendencia dominante en psicología hoy en día sigue siendo la terapia cognitivo conductual, la verdad es que cada vez más los psicólogos nos decantamos por otro tipo de aproximaciones terapéuticas que van más dirigidas a lo emocional que a lo cognitivo.
Eso no quiere decir que el cognitivo-conductual ya no funcione, sino que tratamos de hacer la terapia más eficiente y eficaz. Para lo cual tenemos que dirigirnos a la emoción antes que a la razón.
Vuelvo a recodar, una vez más, que una terapia no es un proceso indefinido, sino que debe estar encaminada a un objetivo que se cumpla en un plazo de tiempo razonable (podéis leer mi artículo: esta terapia se me hace eterna), por lo que es importante acudir a técnicas que la aceleren.


Hay una base neurológica que explica la efectividad de las técnicas emocionales frente a las puramente cognitivas.
Sin entrar en complejas explicaciones podemos simplificar diciendo que nuestra cognición reside en la corteza cerebral y nuestras emociones en el sistema límbico (y no en el hemisferio derecho como se cree popularmente), que está justo debajo de la corteza. La vía de conexión del sistema límbico a la corteza es como una autopista, mientras que la vía que conecta la corteza al sistema límbico es como una carretera secundaria. Así, el sistema emocional influye rápida y eficazmente en lo cognitivo, pero hace falta mucho trabajo cognitivo para modificar lo emocional.
Por ello tiene lógica utilizar técnicas terapéuticas que traten de mover directamente la parte emocional.


Y eso nos lleva a la regulación emocional.
Podíamos definirla como el proceso, controlado o automático, mediante el cual podemos influir en nuestras emociones, aumentando, manteniendo o disminuyendo nuestra respuesta emocional en cuanto a intensidad, duración, frecuencia y tipo de emociones que se manifiestan.
Hay que entender que todos tenemos un mecanismo de regulación emocional, pero eso no quiere decir que sea eficiente. Tanto la adecuada respuesta emocional como la inadecuada se deben a nuestro sistema de regulación emocional.

Como anécdota, ya que no voy a incidir sobre ello en este artículo, se considera que existen diez estrategias de regulación emocional:
  • aceptación
  • evitación conductual
  • distracción
  • evitación experiencial
  • supresión expresiva
  • atención plena
  • resolución de problemas
  • reevaluación
  • reflexión
  • preocupación
Entendida la definición resulta obvio que la regulación emocional tiene mucho que ver con los trastornos psicológicos habituales, pero como en ciencia hay que demostrarlo todo, se han realizado diversos estudios que han puesto de manifiesto la relación directa que existe entre la regulación emocional y trastornos como la depresión, la ansiedad o la salud en general (esto último habría que puntualizarlo atendiendo a otros estudios que relacionan el estado de ánimo con la protección de problemas orgánicos y dolorosos y, por otra parte, aludiendo a los trastornos psicosomáticos).

Trabajar la regulación emocional implica aprender a ser consciente de nuestras emociones reales, entendiendo los mecanismos de evitación que usamos para no enfrentarnos a ellas, y buscar la aceptación de las mismas que nos permita modificar las forma en las que las modulamos, hacia una respuesta más adaptativa.



¿Y toda esta explicación para qué?
Primero para entender el por qué de la cantidad de nuevas disciplinas terapéuticas que están surgiendo estos últimos años y cuál es su base, para que se tengan más argumentos para decantarse por una o por otra.
Segundo porque ya hay algunos resultados que indican que las técnicas que trabajan la regulación emocional podrían estar resultando ser mucho más efectivas en trastornos cronificados o de larga duración.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Psicoterapia contra psicofarmacología

La incongruencia del sistema sanitario europeo

Aunque siempre se ha dicho que España es diferente, en cuanto a la tendencia del sistema público sanitario en el enfoque de los casos de ámbito psicológico, tanto en España como en Europa se sigue la misma tendencia: tratarlos preferentemente con fármacos antes que con terapia.


A finales de la década pasada en un estudio realizado en España, incluyendo ámbitos público y privado, se mostraba que aproximadamente el 35% de los casos de trastornos psicológicos se trataban exclusivamente con farmacología, el 30% con un tratamiento mixto de terapia y medicación y solo un 5% se abordaba solo con terapia.

Y esto considerando el tratamiento público y privado en conjunto, si nos centramos solo en el ámbito público los números a favor del tratamiento farmacológico frente a la terapia psicológica son aún más extremos.

Otro estudio realizado en España muestra que más del 50% de los tratamientos psicofarmacológicos duran más de un año. Algo inadecuado, por el alto riesgo de este tipo de tratamientos, así como por los problemas de recaídas debidos a la propia medicación.


Todo esto contrasta con lo que los estudios consideran más óptimo en el tratamiento de los problemas de índole psicológico.

Un estudio realizado en 2011 por el NICE (The National Institute for Health and Care Excellence; Instituto Nacional de Salud y Cuidados de Excelencia) considera que en los trastornos de ámbito psicológico la terapia debería ser siempre el primer tratamiento de elección y que independientemente de la gravedad del caso nunca se debería realizar un tratamiento psicofarmacológico sin una terapia de apoyo.

Dentro de este campo hay varios estudios que muestran que la terapia psicológica es más efectiva que el tratamiento farmacológico en los trastornos depresivos y de ansiedad.


Así pues vivimos en un sistema sanitario, sobre todo en el ámbito público, que contradice lo que los estudios muestran: que hay que dar prioridad a la terapia en cualquier tratamiento de ámbito psicológico.




miércoles, 7 de noviembre de 2018

Las cualidades de un buen psicólogo

Psicología: ¿arte o ciencia?

Hace unos días leí un artículo que revisaba diferentes estudios realizados sobre los psicólogos. En diferentes ocasiones se han realizado trabajos de investigación para determinar qué corrientes psicológicas tienen mejores resultados y, a raíz de ellos, se ha empezado a estudiar qué características de un psicólogo lo hacen más eficaz.

Me ha parecido interesante resumir algunos puntos de ese artículo en este blog, que a fin de cuentas versa sobre la elección de psicólogo.
No obstante, quería reivindicar antes de nada, que la psicología es una ciencia y aunque muchas de las características que se citan a continuación son cualidades personales que podríamos catalogar como artísticas, eso no niega la necesidad de ser fiel a la base teórica de la disciplina. Poniendo un símil, un arquitecto puede ser un artista, pero si se le caen los edificios de poco habrá servido su estética.




Las características que este estudio considera primordiales en un psicólogo son: escucha, creatividad, intención, poesía y latidos. Algunas son evidentes, otras requieren cierta explicación.

La cualidad que citaba en primer lugar y que yo también considero de las más esenciales es la escucha. No todo el mundo sabe escuchar. La mayoría de las personas parece que escuchan, pero mientras su interlocutor habla ya están preparando la réplica de lo que van a contestar. Un psicólogo debe escuchar comprendiendo, sin realizar juicios sobre lo que oye, aceptando al otro. La escucha es una de las partes más importantes de nuestra profesión, pues nos da la información que necesitamos para entender a nuestro cliente y poder ayudarle.

La creatividad en el ejercicio de la psicología es necesaria por una razón evidente: no hay dos personas iguales. Por lo tanto, aunque nuestro marco teórico nos dé las pautas de cómo proceder, la habilidad de adaptar dichas pautas a cada caso concreto requiere de creatividad y flexibilidad.

La intención se refiere al deseo y el esfuerzo que pone el psicólogo en que su cliente mejore. Para que una persona se cure de un problema psicológico necesita hacer un trabajo y un esfuerzo y esa tarea no puede realizarla el psicólogo por él. Pero lo que sí puede es motivarlo, moverlo a la acción, animarlo y acompañarlo. Eso requiere una dedicación y atención centrada en cada persona y una concienciación del profesional de que su cliente va a mejorar. Tenemos que creer en nuestros clientes para que ellos crean en nosotros.

Si a un psicólogo se le pide poesía no quiere decir que tengamos que ser poetas, sino que pensemos que nuestras palabras harán más efecto cuando se dirigen a la emoción que si se dirigen solo a la cognición. Para curar tenemos que llegar a la parte emocional de nuestro cliente y aunque lo hagamos con técnicas de corte cognitivo, no podemos olvidar que nuestras palabras deben conmover y motivar.

Los latidos en este contexto se refieren al acompasamiento entre el cliente y el psicólogo. Es una forma poética, siguiendo con el espíritu del párrafo anterior, de decir que ambos son humanos, que comparten emociones y que el psicólogo ni puede ser indiferente a las de su cliente ni puede dejarse arrastrar por ellas, si conectan con las propias.



Como resumen podíamos concluir que un psicólogo debe saber escuchar con la cabeza y el corazón e, igualmente, hablar a la mente y al corazón, adaptarse a las necesidades y demandas de su cliente, implicarse en su curación y empatizar con él sin dejarse llevar por sus propias emociones.



sábado, 24 de marzo de 2018

¿Para curarse hay que sufrir?

Los distintos tipos de psicoterapia

El otro día una amiga me llamó por teléfono porque lo estaba pasando muy mal con su terapia y quería saber si eso era normal. Esta amiga ha empezado una terapia hace un par de meses y me comenta que sale fatal de las sesiones, habiéndolo pasado mal durante las mismas y, en ocasiones, sufriendo aún más después, llegando a durarle esa sensación varios días en algunos casos.

La respuesta a su pregunta no es fácil. Primero, porque cada tipo de terapia es distinta entre sí. Segundo, porque cada tipo de persona siente las cosas de forma distinta. Tercero, porque "cada maestrillo tiene su librillo", es decir, cada terapeuta lleva a la práctica su marco teórico de una forma distinta.

Sin embargo, voy a intentar dar unas pautas generales sobre el sufrimiento en la terapia y aprovechar para hablar algo más sobre marcos teóricos, que es algo que comento a menudo, pero sobre lo que no he profundizado.

Una de mis premisas de trabajo es que cada terapeuta debe adaptarse a la demanda del cliente y a su momento actual. El psicólogo debe tener un plan de trabajo, que conduzca a la curación de su cliente, pero ese camino no está escrito a fuego, sino que debe adaptarse a las necesidades del cliente, tanto las generales como las inmediatas.
Si un cliente llega un día con un problema personal acuciante igual no es el momento de usar una técnica que profundice en sus inseguridades y es mejor dedicar esa sesión a hacer contención (ayudar a la persona a liberar sus emociones para que se sienta mejor) o utilizar técnicas auxiliares (relajación, parada de pensamiento, modelado).
Eso no es perder el rumbo, sino tomarse un pequeño descanso en el camino, para tratar puntualmente el aquí y el ahora del cliente. Otra cosa es que el cliente venga mal todos los días y eso dificulte el avance de la terapia de forma continuada. En ese caso hay que hablar con él y buscar soluciones compartidas que permitan continuar por la senda hacia la curación y no perderse eternamente en poner parches.

Por otra parte, si el cliente sale mal de todas las sesiones y no ve como ese dolor le lleva hacia su sanación, es muy probable que termine dejando la terapia. Eso significa que el psicólogo no ha hecho bien su trabajo, pues no ha estado atento a las necesidades de su cliente. Ningún psicólogo es infalible, todos somos humanos y podemos equivocarnos, por eso yo siempre les pido a mis clientes que si ven que si se han quedado mal en una sesión o si lo han pasado mal después de la sesión por algo que se ha trabajado en la mismo, me lo digan, para que podamos gestionar juntos ese sufrimiento.

Pero concretando: ¿se debe sufrir en terapia?
La respuesta general sería: , pero debería ser un sufrimiento controlado y pactado.
Usando el símil de comparar los problemas psicológicos con una herida, a nadie le extraña que para curarla el sanitario deba abrirla, limpiarla y desinfectarla y que eso produce un cierto dolor. Pero un buen sanitario avisará antes de cada proceso, explicando qué molestias sentirá la persona en cada fase. Los psicólogos deberían proceder igual: vamos a tener que hurgar en la herida para poder curarla y eso duele, pero el cliente debe entender cómo cada fase de sufrimiento lo acerca a su curación.

Además, no con todos los marcos teóricos se sufre lo mismo. Hay técnicas más emocionales, que remueven más la herida y producen más dolor, mientras que otras técnicas más cognitivas son más cuidadosas y afectan menos (siempre debe haber algo de sufrimiento, porque a fin de cuentas hay una herida que curar). Lo ideal es usar con cada persona la técnica que mejor se le adapte, pero también la que pueda soportar.

Si pusiera en una escala las técnicas de menos dolorosas a más dolorosas mi valoración sería (advierto que se trata de un criterio plenamente subjetivo y que también depende mucho de la forma en la que el terapeuta las aplique):
  • Conductismo
  • Cognitivo-Conductual
  • PNL
  • Existencial
  • Gestalt
No he incluido otras técnicas, que otros compañeros usan de marco teórico, por considerar que no tienen una base consistente para ser algo más que técnicas puntuales y no una marco teórico completo o por considerarlas obsoletas. También debo aclarar que tanto la cognitivo-conductual como la existencial tienen muchas variantes, así que has podido conocerlas por otros nombres.