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jueves, 19 de mayo de 2022

Cambiando mis creencias

Nuestras emociones dependen de lo que creemos

Es muy habitual, dentro de un tratamiento psicológico, trabajar con el sistema de creencias de un cliente como un método para mejorar su respuesta emocional ante la vida.

Puede parecer que no tiene mucho que ver, pero si lo piensas un poco te darás cuenta de que las personas que reaccionan de una forma emocional diferente a la tuya es porque tienen otras creencias. Te puedo poner unos cuantos ejemplos:
  • Si una persona piensa que la naturaleza tiene una gran belleza intrínseca o que la naturaleza es un "milagro", ante una puesta de sol, un paisaje frondoso o una montaña escarpada, se emocionará. Por otro lado, si una persona piensa que la naturaleza es fruto del puro azar y que no tiene nada especialmente sorprendente porque son leyes físicas las que rigen su formación difícilmente podrá contemplar alguno de los anteriores paisajes con alga más que indiferencia.
  • Creer que toda buena acción debe tener su recompensa conlleva tristeza cuando somos defraudados por amigos, familiares o nuestro prójimo en general, mientras que ver a las personas desde un punto de vista más cínico o considerar a todo el mundo egoísta por naturaleza permite tomarse con cierta indiferencia las reacciones indeseadas de los demás.
  • Si consideramos que el mundo es justo, podemos explotar de rabia cuando nos ponen una multa no justificada, cuando hacienda nos pide una revisión o simplemente cuando nos cobran mal en un establecimiento, por el contrario, considerar que todo el mundo se equivoca, nos hace ser menos emocionales ante las "injusticias" del mundo.

Llevo un tiempo trabajando con una clienta para ayudarle a crear un nuevo sistema de creencias que la haga más resistente a los altibajos emocionales. Ha hecho un excelente trabajo y le he pedido permiso para publicarlo en este blog. 
He hecho algunos ligeros cambios para hacer el sistema de creencias más general, pero es básicamente el que ha creado ella.
Se basa en cuatro creencias principales, cada una con cuatro subcreencias secundarias (aspectos importantes de la creencia principal a los que prestar especial atención).
  1. Soy capaz:
    1. Puedo decidir por mí mismo.
    2. No necesito la aprobación de los demás.
    3. Soy capaz de reaccionar ante el error.
    4. Mi valor no depende de lo productivo que sea.
  2. La perfección y el control excesivo me llevan a la autodestrucción y al conflicto:
    1. No existe decisión perfecta, sino la que creo que es la correcta en ese momento.
    2. No pasa nada si me equivoco.
    3. Confío en mi cuerpo.
    4. Dar muchas vueltas a las cosas no las soluciona.
  3. Yo soy mi prioridad:
    1. Puedo ayudar a los demás, siempre que no me perjudique a mí.
    2. Mi valor no depende de lo que opinen los demás.
    3. No necesito justificarme.
    4. Puedo decir no.
  4. El mundo es injusto:
    1. Acepto que no siempre se cumplirán mis expectativas.
    2. Acepto que no puedo cambiar a los demás.
    3. Puedo aceptar que los demás no me entiendan ni estén de acuerdo conmigo.
    4. Lo hago porque quiero, no por tener una recompensa.
Creo que es un sistema de creencias muy generalizable y que puede ser útil para muchas personas, por eso he querido publicarlo.

En otro artículo explicaré como implantar nuevas creencias (y como extinguir las anteriores), pero el primer paso es crear un sistema de creencias con que el estemos de acuerdo y nos parezca coherente. Partiendo de este y particularizándolo para las necesidades específicas de cada persona tenemos la mitad del trabajo hecho.




miércoles, 7 de noviembre de 2018

Las cualidades de un buen psicólogo

Psicología: ¿arte o ciencia?

Hace unos días leí un artículo que revisaba diferentes estudios realizados sobre los psicólogos. En diferentes ocasiones se han realizado trabajos de investigación para determinar qué corrientes psicológicas tienen mejores resultados y, a raíz de ellos, se ha empezado a estudiar qué características de un psicólogo lo hacen más eficaz.

Me ha parecido interesante resumir algunos puntos de ese artículo en este blog, que a fin de cuentas versa sobre la elección de psicólogo.
No obstante, quería reivindicar antes de nada, que la psicología es una ciencia y aunque muchas de las características que se citan a continuación son cualidades personales que podríamos catalogar como artísticas, eso no niega la necesidad de ser fiel a la base teórica de la disciplina. Poniendo un símil, un arquitecto puede ser un artista, pero si se le caen los edificios de poco habrá servido su estética.




Las características que este estudio considera primordiales en un psicólogo son: escucha, creatividad, intención, poesía y latidos. Algunas son evidentes, otras requieren cierta explicación.

La cualidad que citaba en primer lugar y que yo también considero de las más esenciales es la escucha. No todo el mundo sabe escuchar. La mayoría de las personas parece que escuchan, pero mientras su interlocutor habla ya están preparando la réplica de lo que van a contestar. Un psicólogo debe escuchar comprendiendo, sin realizar juicios sobre lo que oye, aceptando al otro. La escucha es una de las partes más importantes de nuestra profesión, pues nos da la información que necesitamos para entender a nuestro cliente y poder ayudarle.

La creatividad en el ejercicio de la psicología es necesaria por una razón evidente: no hay dos personas iguales. Por lo tanto, aunque nuestro marco teórico nos dé las pautas de cómo proceder, la habilidad de adaptar dichas pautas a cada caso concreto requiere de creatividad y flexibilidad.

La intención se refiere al deseo y el esfuerzo que pone el psicólogo en que su cliente mejore. Para que una persona se cure de un problema psicológico necesita hacer un trabajo y un esfuerzo y esa tarea no puede realizarla el psicólogo por él. Pero lo que sí puede es motivarlo, moverlo a la acción, animarlo y acompañarlo. Eso requiere una dedicación y atención centrada en cada persona y una concienciación del profesional de que su cliente va a mejorar. Tenemos que creer en nuestros clientes para que ellos crean en nosotros.

Si a un psicólogo se le pide poesía no quiere decir que tengamos que ser poetas, sino que pensemos que nuestras palabras harán más efecto cuando se dirigen a la emoción que si se dirigen solo a la cognición. Para curar tenemos que llegar a la parte emocional de nuestro cliente y aunque lo hagamos con técnicas de corte cognitivo, no podemos olvidar que nuestras palabras deben conmover y motivar.

Los latidos en este contexto se refieren al acompasamiento entre el cliente y el psicólogo. Es una forma poética, siguiendo con el espíritu del párrafo anterior, de decir que ambos son humanos, que comparten emociones y que el psicólogo ni puede ser indiferente a las de su cliente ni puede dejarse arrastrar por ellas, si conectan con las propias.



Como resumen podíamos concluir que un psicólogo debe saber escuchar con la cabeza y el corazón e, igualmente, hablar a la mente y al corazón, adaptarse a las necesidades y demandas de su cliente, implicarse en su curación y empatizar con él sin dejarse llevar por sus propias emociones.



sábado, 24 de marzo de 2018

¿Para curarse hay que sufrir?

Los distintos tipos de psicoterapia

El otro día una amiga me llamó por teléfono porque lo estaba pasando muy mal con su terapia y quería saber si eso era normal. Esta amiga ha empezado una terapia hace un par de meses y me comenta que sale fatal de las sesiones, habiéndolo pasado mal durante las mismas y, en ocasiones, sufriendo aún más después, llegando a durarle esa sensación varios días en algunos casos.

La respuesta a su pregunta no es fácil. Primero, porque cada tipo de terapia es distinta entre sí. Segundo, porque cada tipo de persona siente las cosas de forma distinta. Tercero, porque "cada maestrillo tiene su librillo", es decir, cada terapeuta lleva a la práctica su marco teórico de una forma distinta.

Sin embargo, voy a intentar dar unas pautas generales sobre el sufrimiento en la terapia y aprovechar para hablar algo más sobre marcos teóricos, que es algo que comento a menudo, pero sobre lo que no he profundizado.

Una de mis premisas de trabajo es que cada terapeuta debe adaptarse a la demanda del cliente y a su momento actual. El psicólogo debe tener un plan de trabajo, que conduzca a la curación de su cliente, pero ese camino no está escrito a fuego, sino que debe adaptarse a las necesidades del cliente, tanto las generales como las inmediatas.
Si un cliente llega un día con un problema personal acuciante igual no es el momento de usar una técnica que profundice en sus inseguridades y es mejor dedicar esa sesión a hacer contención (ayudar a la persona a liberar sus emociones para que se sienta mejor) o utilizar técnicas auxiliares (relajación, parada de pensamiento, modelado).
Eso no es perder el rumbo, sino tomarse un pequeño descanso en el camino, para tratar puntualmente el aquí y el ahora del cliente. Otra cosa es que el cliente venga mal todos los días y eso dificulte el avance de la terapia de forma continuada. En ese caso hay que hablar con él y buscar soluciones compartidas que permitan continuar por la senda hacia la curación y no perderse eternamente en poner parches.

Por otra parte, si el cliente sale mal de todas las sesiones y no ve como ese dolor le lleva hacia su sanación, es muy probable que termine dejando la terapia. Eso significa que el psicólogo no ha hecho bien su trabajo, pues no ha estado atento a las necesidades de su cliente. Ningún psicólogo es infalible, todos somos humanos y podemos equivocarnos, por eso yo siempre les pido a mis clientes que si ven que si se han quedado mal en una sesión o si lo han pasado mal después de la sesión por algo que se ha trabajado en la mismo, me lo digan, para que podamos gestionar juntos ese sufrimiento.

Pero concretando: ¿se debe sufrir en terapia?
La respuesta general sería: sí, pero debería ser un sufrimiento controlado y pactado.
Usando el símil de comparar los problemas psicológicos con una herida, a nadie le extraña que para curarla el sanitario deba abrirla, limpiarla y desinfectarla y que eso produce un cierto dolor. Pero un buen sanitario avisará antes de cada proceso, explicando qué molestias sentirá la persona en cada fase. Los psicólogos deberían proceder igual: vamos a tener que hurgar en la herida para poder curarla y eso duele, pero el cliente debe entender cómo cada fase de sufrimiento lo acerca a su curación.

Además, no con todos los marcos teóricos se sufre lo mismo. Hay técnicas más emocionales, que remueven más la herida y producen más dolor, mientras que otras técnicas más cognitivas son más cuidadosas y afectan menos (siempre debe haber algo de sufrimiento, porque a fin de cuentas hay una herida que curar). Lo ideal es usar con cada persona la técnica que mejor se le adapte, pero también la que pueda soportar.

Si pusiera en una escala las técnicas de menos dolorosas a más dolorosas mi valoración sería (advierto que se trata de un criterio plenamente subjetivo y que también depende mucho de la forma en la que el terapeuta las aplique):
  • Conductismo
  • Cognitivo-Conductual
  • PNL
  • Existencial
  • Gestalt
No he incluido otras técnicas, que otros compañeros usan de marco teórico, por considerar que no tienen una base consistente para ser algo más que técnicas puntuales y no una marco teórico completo o por considerarlas obsoletas. También debo aclarar que tanto la cognitivo-conductual como la existencial tienen muchas variantes, así que has podido conocerlas por otros nombres.


lunes, 12 de febrero de 2018

¿Cuándo termina una terapia?

La demanda terapéutica

En algunos otros artículos he hablado sobre la demanda terapéutica y la importancia que tiene en la psicoterapia, dando por hecho en todo momento que es un concepto asimilado y entendido, pero, recapacitando sobre el tema, me ha parecido que necesitaba una reflexión más profunda. De ahí este texto.


La demanda terapéutica es la petición que le hace el cliente al psicólogo al iniciarse el tratamiento. Esta demanda en ocasiones es formulada directamente y otras de forma indirecta. Pondré ejemplos.

Demandas directas:
  • He dejado una relación (o me han dejado) y sigo sufriendo: quiero que pare este dolor.
  • Cuando me angustio siento un dolor (de cabeza, de estómago, dificultad de tragar, etc.) y quiero dejar de padecerlo.
  • Sin razón aparente estoy todo el día triste, sin ganas de hacer nada, apagado y quiero que esta situación termine.
  • Si salgo de casa (o estoy en sitios muy concurridos) siento una angustia insoportable y deseo que cese y poder hacer una vida normal.
  • Nuestra relación no funciona y necesitamos ayuda.
  • Quiero ser más extrovertido.
Demandas indirectas:
  • He perdido a un ser querido y no soy capaz de pasar página.
  • He sido yo quien ha cortado con mi pareja, me he enterado que ha empezado otra relación y tengo celos que me obsesionan.
  • No entiendo por qué me siento vacío.
  • Estoy sufriendo acoso (en el trabajo, en la escuela, en la universidad) y no sé cómo afrontarlo.
Habría muchísimos más ejemplos, pero supongo que con estos ya hay muestra suficiente.
La demanda siempre suele corresponder con la necesidad de que un sufrimiento desaparezca o se atenúe, que el terapeuta convertirá en el tratamiento de unos síntomas y sus causas.

Una pregunta que siempre debería hacer un terapeuta a su cliente es: ¿Deseas sanar solo esta sensación actual o trabajar para prevenir que nunca más vuelva a ocurrir? Según la respuesta el trabajo es muy distinto, ya que habrá que trabajar con causas más profundas o situaciones más actuales.

En todo caso, la labor del terapeuta termina cuando la demanda se cumple y su trabajo no debe ir más allá, a no ser que durante la terapia se modifique o amplíe la demanda (cosa que suele ocurrir con frecuencia), pero en cuyo caso es cambio debe ser formulado de forma explícita y acordada entre las dos partes.

Así pues una terapia termina cuando:
  • Se alcanza la demanda terapeuta
  • Si tras un tiempo lógico no se ha llegado a cumplir (ver el artículo "Esta terapia se me hace eterna")
  • Si el psicólogo no se ve capacitado para cumplir la demanda y deriva al cliente a otro psicoterapeuta.
  • Si el cliente decide dejar el tratamiento.
Por lo tanto, si vas al psicólogo ten clara cuál es tu demanda terapéutica y su alcance, pregúntale periódicamente cómo se está desarrollando el cumplimiento de dicha demanda y, como digo siempre, si crees que no avanzas en el camino adecuado o a la velocidad adecuada: confronta a tu psicólogo.


martes, 23 de enero de 2018

¿Puede hacer daño un psicólogo?

La buena y la mala psicología

El otro día estaba hablando con una amiga sobre psicología clínica y me preguntó si un psicólogo podía, con una mala intervención terapéutica, dañar a un cliente.
Creo que es la primera vez que me hacen esa pregunta y me hizo reflexionar, así que he considerado que sería interesante escribir sobre ello.


Pero antes de seguir con este texto debo copiar un artículo del código deontológico del psicólogo:

Artículo 22º
Sin perjuicio de la crítica científica que estime oportuna, en el ejercicio de la profesión, el/la Psicólogo/a no desacreditará a colegas u otros profesionales que trabajan con sus mismos o diferentes métodos, y hablará con respeto de las escuelas y tipos de intervención que gozan de credibilidad científica y profesional.

El artículo 22 tiene su lógica, ya que las razones para que un profesional hable mal de otro pueden derivar de cuestiones no demasiado profesionales. No obstante, debería contemplar la excepción del mal uso evidente del ejercicio de la profesión.
Por ello, en este texto voy a hablar sobre generalidades y no plantear casos concretos, que los habría.

A mi consulta han llegado bastantes personas que han pasado por terapias previas. En casi todos los casos comentan que de algo les sirvió, pero que al terminar la terapia no estaban mucho mejor que cuando empezaron. Cuando les preguntas a esos clientes cuánto tiempo duró dicha terapia, en ocasiones, te hablan de dos años o más.
En un artículo reciente comentaba que la media de las sesiones para curar un trastorno psicológico en España era de 23. Sé que es de perogrullo, pero dejadme incidir en que dos años de tratamiento es mucho más de 23 sesiones.
En el mismo artículo comentaba que el coste medio de una sesión de psicoterapia en España es de poco más de 60 €, si consideramos dos años de terapia a unas cuarenta sesiones al año suponen un mínimo de 4.800,00 € por un tratamiento que no ha dado resultado.

Así que volviendo a la pregunta que me hacía mi amiga, en mi opinión uno de los peores daños que hace una mala terapia es perjudicar a la profesión y hacer pensar a las personas que necesitarían tratamiento psicológico que los psicólogos son charlatanes que no curan.
Las personas que han pasado por un par de terapias sin éxito y sin que el terapeuta se haga responsable del fracaso acaban perdiendo la fe en la psicología. O lo que es peor, pensando que su problema no tiene solución.

Eso es algo que también he oído en alguna ocasión: "acabé la terapia porque el profesional que me trataba me dijo que lo mío no tenía remedio".
Esto sí que hace daño. Convencer a la persona de que su problema es tan especial que no puede ser curado en vez de confesar la ineficacia del profesional en un caso concreto es una muestra de cómo un psicólogo puede hacer daño.

Ya lo he dicho en muchos otros artículos, pero lo repetiré una vez más, si crees que el profesional que te atiende no está haciendo bien su trabajo: confróntalo. Y si aún así no estás convencido pide una segunda opinión.





martes, 16 de enero de 2018

Esta terapia se me hace eterna

¿Cuánto debe durar una terapia?

En un artículo anterior comentaba que el código deontológico del psicólogo indica que éste debe abandonar una terapia y derivar a otro profesional a un cliente que no haya podido curar en un plazo razonable. Sin embargo, como en dicho código no se especifica qué es un plazo razonable el contenido de dicho artículo queda vacío.

Afortunadamente los propios psicoterapeutas acuden al rescate de la mano de un artículo publicado por el COP (Colegio Oficial de Psicólogos de España) basado en una macro entrevista a psicólogos españoles.


En dicha encuesta se inquiría sobre diferentes aspectos del ejercicio de la psicoterapia, que nos proporcionan, al menos, una base sobre la que interpretar el ejercicio profesional de la psicología clínica en España.

Aunque dicha encuesta presenta bastantes datos interesantes voy a centrarme en este artículo en los que tienen que ver con la duración de la terapia.

La media de sesiones, sin incluir las de diagnóstico, desde que empieza un tratamiento hasta que se le da el alta al paciente es de 23 sesiones. La misma encuesta indica que en el 70% de los casos hicieron falta 30 sesiones o menos hasta dar el alta.
Si se tratara de una sesión a la semana estaríamos hablando de 6 meses de media y menos de 7 meses para la mayoría de los casos.
Pero como no siempre se puede hacer una sesión a la semana la propia encuesta plantea la duraciones típicas de los tratamientos, siendo 11 meses de media y 12 o menos meses en el 70% de los casos.

El otro día comentaba esta encuesta con un compañero y le parecía que estos tiempos eran exagerados. Estoy bastante de acuerdo con él, pero hay que tener en cuenta que cada marco teórico tiene su proceso y algunos son muy lentos, por lo que las medias de sesiones aumentan.

Vamos con el otro factor importante: el precio. La duración del tratamiento, sobre todo cuando la persona que acude está muy mal, es muy importante, pero para la economía doméstica el coste del tratamiento es primordial.
El precio medio por sesión es de 62 € y el coste más habitual de una sesión de psicoterapia es de 60 €.
Por otra parte, el precio promedio de un tratamiento, incluyendo el diagnóstico, es 805 €, pero el propio artículo dice que las diferencias son muy grandes entre los diferentes profesionales.
En el 50% de los casos el coste del tratamiento no superaba los 1000 €.

Si sois de ciencias como yo, o lleváis bien la economía doméstica, os daréis cuenta que los datos son completamente incongruentes. Si la media de tratamiento son 23 sesiones y la sesión vale 62 € el tratamiento medio debería ser 1.426 € más lo cueste el diagnóstico, no 805 €.
O alguien ha hecho mal las cuentas o más de uno ha mentido a la hora de dar sus precios. Esperemos que no hayan mentido mucho más.

Incongruencias a parte, los datos de duración del tratamiento podrían tomarse como una referencia para saber lo que debería extenderse una terapia. Hablar de 30 sesiones y 12 meses pueden ser datos adecuados para una terapia compleja que requiera bastante trabajo, por lo que para casos más simples puede considerarse una duración menor.





sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Cuál es la causa de mis problemas?

Diagnóstico en dos ejes

Hace unos días escribía un artículo sobre los ataques de pánico, explicando las bases neurológicas y evolutivas de los mismos. Pero en me faltó hablar de los desencadenantes.
Creo que es importante entender por qué padecemos ataques de pánico, pero las personas quieren entender por qué les pasa a ellas concretamente. ¿Por qué a mí y ahora?

ataque de pánico, Manuel Olalla

Y ese ahora es muy importante. En mi experiencia como terapeuta casi todas las personas que han acudido a mi consulta con historia de ataques de pánico padecieron el primero en un periodo de su vida en el que estaban relativamente tranquilas y bien. Curiosamente, semanas o meses después de haber pasado alguno de los peores momentos de sus vidas, pero cuando el tema ya estaba encauzado, solucionado o simplemente no podía empeorar más.
Debo puntualizar que no ha sido así en todos los casos, pero sí en la mayoría.

Algo similar he detectado en personas con problemas psicosomáticos; en muchos casos el dolor o la molestia se suele producir cuando ha desaparecido el estresor: después de una discusión, tras haber tenido un mal día en el trabajo, tras una mala noticia.

Parece que en esos casos el desencadenante no es externo, sino interno, que actúe de forma retardada respecto de la situación externa.

De ahí la pregunta inicial del artículo: ¿Por qué a mí?
Y para eso tengo que hablar del diagnóstico en dos ejes.

En uno de mis primeros artículos de este blog hablaba de la necesidad de diagnóstico y comentaba las categorías de clasificación según los estándares diagnósticos actuales, pero no ahondé en el tema del diagnóstico por ejes.
La Asociación Americana de Psicología propuso en 1995 los siguientes ejes de diagnóstico:
  1. Trastornos clínicos
  2. Trastornos de la personalidad
  3. Enfermedades médicas
  4. Problemas psicosociales y ambientales
  5. Evaluación de la actividad global
Sin entrar en detalles de todos ellos, se puede generalizar diciendo que el eje I, el de los trastornos clínicos, se refiere al motivo de consulta, la causa visible y externa del problema, que en el caso que nos ocupa serían los ataques de pánico, cuyo diagnóstico, si cumple todos los criterios para ello sería de un Trastorno de Pánico (F41.0).
Mientras que el eje dos constata los mecanismos de defensa y características desadaptativas de la personalidad, que normalmente son las que acaban desencadenando el trastorno clínico y, por lo tanto, pueden ser en la mayoría de los casos la explicación del ¿por qué a mí?.

Por eso, es importante realizar un diagnóstico completo antes de empezar una terapia, que permite establecer metas concretas, trabajando tanto en el síntoma externo (trastorno clínico) como en el posible desencadenante interno (trastorno de la personalidad).

Neurofeedback Zaragoza, Manuel Olalla, Manuel Olaya


jueves, 30 de noviembre de 2017

Curando la depresión

¿Curar o medicar?

El otro día leí un artículo que me pareció muy interesante, planteaba un debate entre psicólogos y médicos sobre qué es más efectivo para el tratamiento de la depresión mayor, que es el nombre técnico con el que se designa a un estado depresivo que va mucho más allá de la tristeza ocasional.


La parte médica defendía los antidepresivos como el único tratamiento viable para la depresión. Cuando leí esta opinión me sentí como cuando oigo hablar a la mayoría de los políticos: que parece que no vivan en el mundo real. Los psicólogos estamos acostumbrados a tratar a clientes con depresiones crónicas, muchos de ellos con tratamientos de antidepresivos de más de una década de duración. Así que me resulta difícil creer que un antidepresivo cure realmente la depresión.

En ese artículo citaban varios estudios que demuestran que la terapia es más efectiva que la medicación para el tratamiento de la depresión.
También comentaba un dato estadístico importante: el número de sesiones de terapia para curar una depresión usando una de las técnicas reconocidas para ello (ahora comento este punto) va de 16 a 20. Es decir, a un sesión a la semana: entre 3 y 4 meses. Un periodo bastante mayor que el que implica un tratamiento con antidepresivos, que tras la fase aguda se suele apoyar con una fase de mantenimiento de un mínimo de 6 meses (esa es la cifra que se indica en el artículo, pero como decía, mi experiencia me dice que es muchísimo más).

Una de la asociaciones más prestigiosas en el campo de la psicología es la Asociación Americana de Psicología (APA), que entre muchas otras funciones, tiene una división dedicada a "homologar" que terapias psicológicas están avaladas por estudios científicos para el tratamiento de los diferentes trastornos de índole psicológica.
En el caso de la depresión, las terapias que según la APA han demostrado empíricamente su eficacia para la depresión en adultos son:
  • Terapia de activación conductual
  • Terapia cognitivo-conductual
  • Terapia interpersonal
  • Terapia de solución de problemas
  • Sistema de psicoterapia de análisis cognitivo conductual de McCollough
  • Terapia de autocontrol de Rehm
Es un dato interesante e importante, ya que, aunque no conozco la estadística exacta, la segunda de la lista debe ser la terapia usada por al menos la mitad de los psicólogos de España.



domingo, 26 de noviembre de 2017

Lo mío no tiene cura

¿Por qué el tratamiento no funciona?

Tanto en mi vida profesional como en mi vida social me he encontrado con muchas personas que tras muchos años de terapia o tratamiento psicofarmacológico siguen sin curarse y ya desesperan de poder hacerlo.
Es muy difícil convencer a esas personas que su problema efectivamente tiene cura, como ocurre en la mayoría de los casos, ya que se sienten derrotados tras haber probado multitud de tratamientos.

Para empezar, según mi experiencia y conocimientos, no conozco un fármaco que cure de forma definitiva una problema psicológico. El símil que planteo al respecto es el de la muleta y la escayola: si nos rompemos un hueso de una pierna necesitamos las muletas para poder desplazarnos, pero si no nos escayolan no nos curamos y no podemos prescindir de las muletas. Los psicofármacos, en mi símil, son las muletas, que nos permiten "sobrevivir" a un problema de forma temporal mientras la terapia, que sería la escayola, nos sana.


Hoy en día existen alternativas a los psicofármacos, como el Neurofeedback, del que hablo a menudo en mi blog dedicado a la neurociencia.

Pero hay muchas personas que han probado terapias durante años, con el mismo psicólogo o con varios, y siguen sin resolver su problema.
Me temo que cuando ocurre esto, en muchos casos, el problema es del psicólogo. El código deontológico del psicólogo dice textualmente en su artículo 26: "El/la Psicólogo/a debe dar por terminada su intervención y no prolongarla con ocultación o engaño tanto si se han alcanzado los objetivos propuestos, como si tras un tiempo razonable aparece que, con los medios o recursos a su disposición, es incapaz de alcanzarlos. En este caso indicará a la persona, grupo, institución o comunidad qué otros psicólogos o qué otros profesionales pueden hacerse cargo de la intervención".
El problema es que lo del "tiempo razonable" es algo muy subjetivo.
Mi consejo es que si estás en una terapia de larga duración le pidas una planificación de la misma al psicólogo y que justifique la duración de la misma.

A la consulta del psicólogo vas a curarte de un problema, no tiene que ser una muleta sino una escayola.
Antes de empezar la terapia pregúntale si tu problema tiene cura, si te dice que no, pide una segunda opinión.