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jueves, 19 de mayo de 2022

Cambiando mis creencias

Nuestras emociones dependen de lo que creemos

Es muy habitual, dentro de un tratamiento psicológico, trabajar con el sistema de creencias de un cliente como un método para mejorar su respuesta emocional ante la vida.

Puede parecer que no tiene mucho que ver, pero si lo piensas un poco te darás cuenta de que las personas que reaccionan de una forma emocional diferente a la tuya es porque tienen otras creencias. Te puedo poner unos cuantos ejemplos:
  • Si una persona piensa que la naturaleza tiene una gran belleza intrínseca o que la naturaleza es un "milagro", ante una puesta de sol, un paisaje frondoso o una montaña escarpada, se emocionará. Por otro lado, si una persona piensa que la naturaleza es fruto del puro azar y que no tiene nada especialmente sorprendente porque son leyes físicas las que rigen su formación difícilmente podrá contemplar alguno de los anteriores paisajes con alga más que indiferencia.
  • Creer que toda buena acción debe tener su recompensa conlleva tristeza cuando somos defraudados por amigos, familiares o nuestro prójimo en general, mientras que ver a las personas desde un punto de vista más cínico o considerar a todo el mundo egoísta por naturaleza permite tomarse con cierta indiferencia las reacciones indeseadas de los demás.
  • Si consideramos que el mundo es justo, podemos explotar de rabia cuando nos ponen una multa no justificada, cuando hacienda nos pide una revisión o simplemente cuando nos cobran mal en un establecimiento, por el contrario, considerar que todo el mundo se equivoca, nos hace ser menos emocionales ante las "injusticias" del mundo.

Llevo un tiempo trabajando con una clienta para ayudarle a crear un nuevo sistema de creencias que la haga más resistente a los altibajos emocionales. Ha hecho un excelente trabajo y le he pedido permiso para publicarlo en este blog. 
He hecho algunos ligeros cambios para hacer el sistema de creencias más general, pero es básicamente el que ha creado ella.
Se basa en cuatro creencias principales, cada una con cuatro subcreencias secundarias (aspectos importantes de la creencia principal a los que prestar especial atención).
  1. Soy capaz:
    1. Puedo decidir por mí mismo.
    2. No necesito la aprobación de los demás.
    3. Soy capaz de reaccionar ante el error.
    4. Mi valor no depende de lo productivo que sea.
  2. La perfección y el control excesivo me llevan a la autodestrucción y al conflicto:
    1. No existe decisión perfecta, sino la que creo que es la correcta en ese momento.
    2. No pasa nada si me equivoco.
    3. Confío en mi cuerpo.
    4. Dar muchas vueltas a las cosas no las soluciona.
  3. Yo soy mi prioridad:
    1. Puedo ayudar a los demás, siempre que no me perjudique a mí.
    2. Mi valor no depende de lo que opinen los demás.
    3. No necesito justificarme.
    4. Puedo decir no.
  4. El mundo es injusto:
    1. Acepto que no siempre se cumplirán mis expectativas.
    2. Acepto que no puedo cambiar a los demás.
    3. Puedo aceptar que los demás no me entiendan ni estén de acuerdo conmigo.
    4. Lo hago porque quiero, no por tener una recompensa.
Creo que es un sistema de creencias muy generalizable y que puede ser útil para muchas personas, por eso he querido publicarlo.

En otro artículo explicaré como implantar nuevas creencias (y como extinguir las anteriores), pero el primer paso es crear un sistema de creencias con que el estemos de acuerdo y nos parezca coherente. Partiendo de este y particularizándolo para las necesidades específicas de cada persona tenemos la mitad del trabajo hecho.




sábado, 24 de marzo de 2018

¿Para curarse hay que sufrir?

Los distintos tipos de psicoterapia

El otro día una amiga me llamó por teléfono porque lo estaba pasando muy mal con su terapia y quería saber si eso era normal. Esta amiga ha empezado una terapia hace un par de meses y me comenta que sale fatal de las sesiones, habiéndolo pasado mal durante las mismas y, en ocasiones, sufriendo aún más después, llegando a durarle esa sensación varios días en algunos casos.

La respuesta a su pregunta no es fácil. Primero, porque cada tipo de terapia es distinta entre sí. Segundo, porque cada tipo de persona siente las cosas de forma distinta. Tercero, porque "cada maestrillo tiene su librillo", es decir, cada terapeuta lleva a la práctica su marco teórico de una forma distinta.

Sin embargo, voy a intentar dar unas pautas generales sobre el sufrimiento en la terapia y aprovechar para hablar algo más sobre marcos teóricos, que es algo que comento a menudo, pero sobre lo que no he profundizado.

Una de mis premisas de trabajo es que cada terapeuta debe adaptarse a la demanda del cliente y a su momento actual. El psicólogo debe tener un plan de trabajo, que conduzca a la curación de su cliente, pero ese camino no está escrito a fuego, sino que debe adaptarse a las necesidades del cliente, tanto las generales como las inmediatas.
Si un cliente llega un día con un problema personal acuciante igual no es el momento de usar una técnica que profundice en sus inseguridades y es mejor dedicar esa sesión a hacer contención (ayudar a la persona a liberar sus emociones para que se sienta mejor) o utilizar técnicas auxiliares (relajación, parada de pensamiento, modelado).
Eso no es perder el rumbo, sino tomarse un pequeño descanso en el camino, para tratar puntualmente el aquí y el ahora del cliente. Otra cosa es que el cliente venga mal todos los días y eso dificulte el avance de la terapia de forma continuada. En ese caso hay que hablar con él y buscar soluciones compartidas que permitan continuar por la senda hacia la curación y no perderse eternamente en poner parches.

Por otra parte, si el cliente sale mal de todas las sesiones y no ve como ese dolor le lleva hacia su sanación, es muy probable que termine dejando la terapia. Eso significa que el psicólogo no ha hecho bien su trabajo, pues no ha estado atento a las necesidades de su cliente. Ningún psicólogo es infalible, todos somos humanos y podemos equivocarnos, por eso yo siempre les pido a mis clientes que si ven que si se han quedado mal en una sesión o si lo han pasado mal después de la sesión por algo que se ha trabajado en la mismo, me lo digan, para que podamos gestionar juntos ese sufrimiento.

Pero concretando: ¿se debe sufrir en terapia?
La respuesta general sería: sí, pero debería ser un sufrimiento controlado y pactado.
Usando el símil de comparar los problemas psicológicos con una herida, a nadie le extraña que para curarla el sanitario deba abrirla, limpiarla y desinfectarla y que eso produce un cierto dolor. Pero un buen sanitario avisará antes de cada proceso, explicando qué molestias sentirá la persona en cada fase. Los psicólogos deberían proceder igual: vamos a tener que hurgar en la herida para poder curarla y eso duele, pero el cliente debe entender cómo cada fase de sufrimiento lo acerca a su curación.

Además, no con todos los marcos teóricos se sufre lo mismo. Hay técnicas más emocionales, que remueven más la herida y producen más dolor, mientras que otras técnicas más cognitivas son más cuidadosas y afectan menos (siempre debe haber algo de sufrimiento, porque a fin de cuentas hay una herida que curar). Lo ideal es usar con cada persona la técnica que mejor se le adapte, pero también la que pueda soportar.

Si pusiera en una escala las técnicas de menos dolorosas a más dolorosas mi valoración sería (advierto que se trata de un criterio plenamente subjetivo y que también depende mucho de la forma en la que el terapeuta las aplique):
  • Conductismo
  • Cognitivo-Conductual
  • PNL
  • Existencial
  • Gestalt
No he incluido otras técnicas, que otros compañeros usan de marco teórico, por considerar que no tienen una base consistente para ser algo más que técnicas puntuales y no una marco teórico completo o por considerarlas obsoletas. También debo aclarar que tanto la cognitivo-conductual como la existencial tienen muchas variantes, así que has podido conocerlas por otros nombres.


martes, 23 de enero de 2018

¿Puede hacer daño un psicólogo?

La buena y la mala psicología

El otro día estaba hablando con una amiga sobre psicología clínica y me preguntó si un psicólogo podía, con una mala intervención terapéutica, dañar a un cliente.
Creo que es la primera vez que me hacen esa pregunta y me hizo reflexionar, así que he considerado que sería interesante escribir sobre ello.


Pero antes de seguir con este texto debo copiar un artículo del código deontológico del psicólogo:

Artículo 22º
Sin perjuicio de la crítica científica que estime oportuna, en el ejercicio de la profesión, el/la Psicólogo/a no desacreditará a colegas u otros profesionales que trabajan con sus mismos o diferentes métodos, y hablará con respeto de las escuelas y tipos de intervención que gozan de credibilidad científica y profesional.

El artículo 22 tiene su lógica, ya que las razones para que un profesional hable mal de otro pueden derivar de cuestiones no demasiado profesionales. No obstante, debería contemplar la excepción del mal uso evidente del ejercicio de la profesión.
Por ello, en este texto voy a hablar sobre generalidades y no plantear casos concretos, que los habría.

A mi consulta han llegado bastantes personas que han pasado por terapias previas. En casi todos los casos comentan que de algo les sirvió, pero que al terminar la terapia no estaban mucho mejor que cuando empezaron. Cuando les preguntas a esos clientes cuánto tiempo duró dicha terapia, en ocasiones, te hablan de dos años o más.
En un artículo reciente comentaba que la media de las sesiones para curar un trastorno psicológico en España era de 23. Sé que es de perogrullo, pero dejadme incidir en que dos años de tratamiento es mucho más de 23 sesiones.
En el mismo artículo comentaba que el coste medio de una sesión de psicoterapia en España es de poco más de 60 €, si consideramos dos años de terapia a unas cuarenta sesiones al año suponen un mínimo de 4.800,00 € por un tratamiento que no ha dado resultado.

Así que volviendo a la pregunta que me hacía mi amiga, en mi opinión uno de los peores daños que hace una mala terapia es perjudicar a la profesión y hacer pensar a las personas que necesitarían tratamiento psicológico que los psicólogos son charlatanes que no curan.
Las personas que han pasado por un par de terapias sin éxito y sin que el terapeuta se haga responsable del fracaso acaban perdiendo la fe en la psicología. O lo que es peor, pensando que su problema no tiene solución.

Eso es algo que también he oído en alguna ocasión: "acabé la terapia porque el profesional que me trataba me dijo que lo mío no tenía remedio".
Esto sí que hace daño. Convencer a la persona de que su problema es tan especial que no puede ser curado en vez de confesar la ineficacia del profesional en un caso concreto es una muestra de cómo un psicólogo puede hacer daño.

Ya lo he dicho en muchos otros artículos, pero lo repetiré una vez más, si crees que el profesional que te atiende no está haciendo bien su trabajo: confróntalo. Y si aún así no estás convencido pide una segunda opinión.





martes, 16 de enero de 2018

Esta terapia se me hace eterna

¿Cuánto debe durar una terapia?

En un artículo anterior comentaba que el código deontológico del psicólogo indica que éste debe abandonar una terapia y derivar a otro profesional a un cliente que no haya podido curar en un plazo razonable. Sin embargo, como en dicho código no se especifica qué es un plazo razonable el contenido de dicho artículo queda vacío.

Afortunadamente los propios psicoterapeutas acuden al rescate de la mano de un artículo publicado por el COP (Colegio Oficial de Psicólogos de España) basado en una macro entrevista a psicólogos españoles.


En dicha encuesta se inquiría sobre diferentes aspectos del ejercicio de la psicoterapia, que nos proporcionan, al menos, una base sobre la que interpretar el ejercicio profesional de la psicología clínica en España.

Aunque dicha encuesta presenta bastantes datos interesantes voy a centrarme en este artículo en los que tienen que ver con la duración de la terapia.

La media de sesiones, sin incluir las de diagnóstico, desde que empieza un tratamiento hasta que se le da el alta al paciente es de 23 sesiones. La misma encuesta indica que en el 70% de los casos hicieron falta 30 sesiones o menos hasta dar el alta.
Si se tratara de una sesión a la semana estaríamos hablando de 6 meses de media y menos de 7 meses para la mayoría de los casos.
Pero como no siempre se puede hacer una sesión a la semana la propia encuesta plantea la duraciones típicas de los tratamientos, siendo 11 meses de media y 12 o menos meses en el 70% de los casos.

El otro día comentaba esta encuesta con un compañero y le parecía que estos tiempos eran exagerados. Estoy bastante de acuerdo con él, pero hay que tener en cuenta que cada marco teórico tiene su proceso y algunos son muy lentos, por lo que las medias de sesiones aumentan.

Vamos con el otro factor importante: el precio. La duración del tratamiento, sobre todo cuando la persona que acude está muy mal, es muy importante, pero para la economía doméstica el coste del tratamiento es primordial.
El precio medio por sesión es de 62 € y el coste más habitual de una sesión de psicoterapia es de 60 €.
Por otra parte, el precio promedio de un tratamiento, incluyendo el diagnóstico, es 805 €, pero el propio artículo dice que las diferencias son muy grandes entre los diferentes profesionales.
En el 50% de los casos el coste del tratamiento no superaba los 1000 €.

Si sois de ciencias como yo, o lleváis bien la economía doméstica, os daréis cuenta que los datos son completamente incongruentes. Si la media de tratamiento son 23 sesiones y la sesión vale 62 € el tratamiento medio debería ser 1.426 € más lo cueste el diagnóstico, no 805 €.
O alguien ha hecho mal las cuentas o más de uno ha mentido a la hora de dar sus precios. Esperemos que no hayan mentido mucho más.

Incongruencias a parte, los datos de duración del tratamiento podrían tomarse como una referencia para saber lo que debería extenderse una terapia. Hablar de 30 sesiones y 12 meses pueden ser datos adecuados para una terapia compleja que requiera bastante trabajo, por lo que para casos más simples puede considerarse una duración menor.





viernes, 5 de enero de 2018

¿Es algo físico o está en mi cabeza?

La somatización

Para empezar a escribir este artículo estaba tratando de recordar si alguno de los clientes que he tratado como psicólogo no padecía algún tipo de somatización. Y no lo consigo. No recuerdo ningún cliente que, de alguna forma, no tuviera alguna molestia física que al disminuir los problemas psicológicos no remitiera o disminuyera.

Y otra constante, aunque ésta no sea tan universal, es que casi todos ellos pensaban que tener asociado un dolor o molestia físico a su problema era algo que solo les pasaba a ellos.
También es habitual sentirse muy intranquilo ante la duda sobre si la molestia es de origen fisiológico o psicológico.

Lo que les digo a todos mis clientes es que primero hay que descartar un posible origen físico.
Recuerdo el caso de una persona -no se trataba de un cliente sino de un conocido- que se quejaba de molestias estomacales que solían coincidirle con momentos de estrés y tras muchos años de pruebas y visitas médicas descubrieron que estaba infectado con H. pylori (la bacteria responsable de la mayoría de las úlceras de estómago). Como esa persona no era mi cliente no puedo afirmarlo con rotundidad, pero seguramente los momentos de estrés debilitaban sus defensas y era cuando se acrecentaban las molestias ocasionadas por la bacteria, así que en su caso, como en muchos, era un problema en parte físico y en parte psicológico.

Pero cuando descartamos lo físico lo que queda es psicológico y eso es la somatización.
Para aquellos que las padecen voy a citar algunas que me he encontrado en mi vida, que creo pueden servir para que quien las padezca se dé cuenta que es un problema muy habitual y no implica una rareza especial:
  • Cefaleas y migrañas
  • Dolores de estómago
  • Dolores musculares y contracturas
  • Mareos
  • Nauseas
  • Fiebre (en ocasiones muy elevada)
  • Aftas bucales
  • Eccemas
  • Alopecia areata (por zonas)
  • Desmayos
Seguro que me dejo alguno más, pero estos serían los principales.

Casi todas las somatizaciones se pueden explicar por la vía de activación simpática, pero eso lo dejo para otro artículo.

En su lugar creo que es interesante comentar una técnica que puede ayudar a reducir la somatización (y también funciona con molestias de tipo orgánico). Se basa en una aplicación libre de las submodalidades de PNL y es bastante fácil.
Lo primero es darle entidad a la molestia, para ello debemos concentrarnos en ella y considerar si podemos atribuirle forma y sonido. En algunos casos nos será fácil, en otros difícil, pero en la medida de lo posible debemos imaginarla de un color chillón y un sonido estridente. Cuando tengamos la identificación plenamente realizada, es decir, sintamos la molestia y la veamos simultáneamente con el color chillón y el tono estridente, podemos empezar el ejercicio que consiste en convertirla en blanco y negro y bajarle el volumen. Tenemos que mantener la forma que le hemos dado y su sonido, pero le eliminamos el color y reducimos su intensidad sonora. Si se ha hecho bien la identificación notaremos como la molestia decrece, muchas veces llegando a desaparecer.
Espero que este ejercicio os sirva.





martes, 2 de enero de 2018

Iré al psicólogo cuando mi situación sea insoportable

¿Por qué en psicología no funciona la medicina preventiva?

Cuando abrí mi primera consulta de psicología entre los servicios que quise ofrecer estaban la psicología preventiva. ¿Por qué esperar a ir al psicólogo cuando estás tan mal que salir de casa es un esfuerzo insoportable?

Todos sabemos que las cosas no están yendo bien, sea en las relaciones familiares, en el trabajo o con nosotros mismos. Cada día nos cuesta un poco más levantarnos y afrontar la vida, hasta que un día ya no podemos más y nos "rompemos".
Entonces, ¿por qué esperar a estar terriblemente mal antes de ir a pedir ayuda a un profesional?


Una amiga que trabaja en mercadotecnia me comentó hace unos días que no solo era un problema de la psicología, que también en medicina costaba mucho promocionar la prevención. Sin embargo, muchos nos hacemos revisiones anuales y si notamos algo en nuestro cuerpo que no nos resulta normal consultamos con un médico, aunque no creamos que sea excesivamente grave.
En psicología esto no ocurre. Nadie va al psicólogo una vez al año para que le hagan una revisión. Muy pocos acuden cuando empiezan a notar los primeros síntomas de ansiedad o de vacío.

Y os aseguro que sería mucho mejor para todos. Para el cliente porque podría evitarse el malestar intenso que produce un trastorno en su apogeo y para el terapeuta porque nos resulta mucho más efectivo trabajar con alguien que no está abrumado por el sufrimiento.
Y una revisión anual con un psicólogo es casi lo mismo que una revisión médica: una primera entrevista, unos cuestionarios que se pueden rellenar en casa y una entrevista para comentar los resultados y contextualizarlos.

En psicología consideramos que una persona necesita ayuda si existe malestar significativo en alguna de la áreas de su vida. O dicho de otra forma que estamos siendo infelices, o hacemos infelices a otros, en algún ámbito (normalmente en varios).
Y es que, en lo referente a la mente, el malestar psicológico y la felicidad son opuestos. Uno de los mejores indicadores de que necesitamos -o vamos a necesitar- ayuda es que empezamos a sentirnos infelices (o que estamos haciendo infelices a los demás).

Si me aceptas un consejo: ¡No esperes para buscar ayuda! ¡Cuánto más tarde más cuesta mejorar y más infelicidad para ti y para los que te rodean!



sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Cuál es la causa de mis problemas?

Diagnóstico en dos ejes

Hace unos días escribía un artículo sobre los ataques de pánico, explicando las bases neurológicas y evolutivas de los mismos. Pero en me faltó hablar de los desencadenantes.
Creo que es importante entender por qué padecemos ataques de pánico, pero las personas quieren entender por qué les pasa a ellas concretamente. ¿Por qué a mí y ahora?

ataque de pánico, Manuel Olalla

Y ese ahora es muy importante. En mi experiencia como terapeuta casi todas las personas que han acudido a mi consulta con historia de ataques de pánico padecieron el primero en un periodo de su vida en el que estaban relativamente tranquilas y bien. Curiosamente, semanas o meses después de haber pasado alguno de los peores momentos de sus vidas, pero cuando el tema ya estaba encauzado, solucionado o simplemente no podía empeorar más.
Debo puntualizar que no ha sido así en todos los casos, pero sí en la mayoría.

Algo similar he detectado en personas con problemas psicosomáticos; en muchos casos el dolor o la molestia se suele producir cuando ha desaparecido el estresor: después de una discusión, tras haber tenido un mal día en el trabajo, tras una mala noticia.

Parece que en esos casos el desencadenante no es externo, sino interno, que actúe de forma retardada respecto de la situación externa.

De ahí la pregunta inicial del artículo: ¿Por qué a mí?
Y para eso tengo que hablar del diagnóstico en dos ejes.

En uno de mis primeros artículos de este blog hablaba de la necesidad de diagnóstico y comentaba las categorías de clasificación según los estándares diagnósticos actuales, pero no ahondé en el tema del diagnóstico por ejes.
La Asociación Americana de Psicología propuso en 1995 los siguientes ejes de diagnóstico:
  1. Trastornos clínicos
  2. Trastornos de la personalidad
  3. Enfermedades médicas
  4. Problemas psicosociales y ambientales
  5. Evaluación de la actividad global
Sin entrar en detalles de todos ellos, se puede generalizar diciendo que el eje I, el de los trastornos clínicos, se refiere al motivo de consulta, la causa visible y externa del problema, que en el caso que nos ocupa serían los ataques de pánico, cuyo diagnóstico, si cumple todos los criterios para ello sería de un Trastorno de Pánico (F41.0).
Mientras que el eje dos constata los mecanismos de defensa y características desadaptativas de la personalidad, que normalmente son las que acaban desencadenando el trastorno clínico y, por lo tanto, pueden ser en la mayoría de los casos la explicación del ¿por qué a mí?.

Por eso, es importante realizar un diagnóstico completo antes de empezar una terapia, que permite establecer metas concretas, trabajando tanto en el síntoma externo (trastorno clínico) como en el posible desencadenante interno (trastorno de la personalidad).

Neurofeedback Zaragoza, Manuel Olalla, Manuel Olaya


domingo, 10 de diciembre de 2017

En ocasiones siento que me voy a morir

Historia de un ataque de pánico


Los ataques de pánico, también llamados crisis de angustia, son reacciones fisiológicas provocadas por la ansiedad, en las que durante un tiempo relativamente breve, del orden de minutos, se desencadenan sensaciones corporales de sudor frío, hiperventilación y taquicardia, entre otras, acompañadas de pensamientos de desesperación y en ocasiones de sentir que vas a morir.

Estos ataques les ocurren a muchísimas personas y tienen una causa evolutiva.


Voy a intentar no ser muy técnico, pero tengo que explicar algunos conceptos de partida.
Aunque nos creamos muy distintos a los animales, nuestro cerebro es muy similar. Y una de las similitudes son los mecanismos de lucha y huida. Cuando un animal se enfrenta a un peligro activa un circuito cerebral al que se denomina sistema simpático (es un nombre que parece tonto, pero es uno de los sistemas más importantes de nuestro sistema nervioso). Ese sistema conecta el cerebro con las vísceras y las prepara para generar energía de forma rápida y efectiva, sea para escaparse o para pelear. Aumenta el ritmo cardiaco y nos hiperventila para que la sangre tenga más oxígeno y pueda proporcionar energía a nuestra músculos rápidamente, constriñe nuestros vasos sanguíneos externos, para que en el caso de recibir heridas sangremos menos, y dilata nuestras pupilas para que tengamos más capacidad de ver los detalles.
Es un mecanismos sumamente eficiente… para huir o luchar, pero ¿para que le sirve al ser humano del siglo XXI? Es una pregunta capciosa, porque efectivamente tiene utilidad también hoy en día, pero una utilidad que poco tiene que ver con la función evolutiva que tiene en los animales.

Vamos a otro tema, pero no os olvidéis del sistema simpático, que volveremos a él en breve.

Hay un término psicológico al que denominamos indefensión aprendida y que es lo siguiente que tengo que explicaros.
Supongamos que a un animal se le presenta una situación de peligro y se le impide huir ni luchar. La primera vez ese animal busca frenéticamente una forma de escapar. La segunda también. Y la tercera. Pero si se repite las suficientes veces la misma situación, el animal llega un momento en que simplemente se queda petrificado, incapaz de responder de ninguna forma al peligro. Hasta tal punto que si ponemos de nuevo a ese animal ante ese peligro, pero en esta ocasión sí que le permitimos pelear o huir ya no lo hace. Ha aprendido que no hay escapatoria y ya no es capaz de reaccionar a ese peligro aunque ahora se los permitamos.
Esto fenómeno no ocurre solo con animales, los seres humanos también sufrimos de indefensión aprendida… y muchísimo más que cualquier animal.

Si estamos en el trabajo y nuestro superior nos increpa injustamente, ¿qué hacemos? habitualmente aguantarnos.
Lo mismo podemos decir de cualquier caso en el que intervenga una persona con autoridad sobre nosotros. Incluso de personas iguales, pero ante las que nos contenemos por cuestiones sociales o de convivencia.
Eso es indefensión aprendida.
Desde niños, cuando se nos enseña a vivir en sociedad, se nos impide huir o pelear.
Nuestro sistema sináptico se activa para nada.

Así que un ataque de pánico es una manifestación de la activación simpática en un momento dado, en un contexto de indefensión aprendida.
La hiperventilación y la taquicardia son para que huyamos de una situación de la que no podemos escapar.
La vasoconstricción que produce la sensación de frío en nuestro cuerpo es para que no sangremos de una herida que no vamos a recibir.
La dilatación de nuestras pupilas que nos hace ver nuestro alrededor con detalles inusitados y casi a cámara lenta es para que descubramos los movimientos de un depredador que no existe.
Y nuestra consciencia, que no entiende la reacción absurda del cuerpo, piensa que o estamos locos o nos vamos a morir, ya que si el peligro no viene de fuera debe venir de dentro.

Hay mucho más que hablar sobre el tema, ya que no he comentado los desencadenantes del ataque de pánico, pero eso será en otra ocasión.


¿Por qué no soy como los demás?

Lo que me pasa es de locos



Algo habitual cuando una persona llega a mi consulta es que tras contarme su problema me expresa su seguridad de que el problema que tienen solo le pasa a ella y, por lo tanto, es un bicho raro, que debe ocultar su dolencia a los demás por miedo a que la tachen de loca o algo similar.


En realidad es todo lo contrario, la mayoría de los trastornos psicológicos son muy comunes, pero en España el padecer uno sigue considerándose un estigma y la mayoría de las personas lo ocultan o no lo comparten.

No me he parado a contarlos, pero debe haber menos de 500 tipos de trastornos psicológicos, de los cuales los más frecuentes son menos de 50. Vamos a partir de que un 5% de la población acude al psicólogo, al menos una vez a lo largo de la vida, con un trastorno -he dicho acuden, no padecen, que sería un porcentaje bastante mayor-. En una ciudad de un millón de habitantes acudirían al psicólogo cinco mil personas. Y si suponemos que los 500 tipos de trastornos están repartidos por igual, habría 100 personas con cada trastorno. Por lo que es absurdo pensar que lo que me ocurre a mí es único.
Los cálculos anteriores no deben tomarse al pie de la letra. Son una simplificación, pero la idea sí es válida: cualquier trastorno psicológico que padezcamos es seguro que lo tienen muchas personas más en nuestro entorno, aunque no lo sepamos.
Por cierto, disculpadme estos alardes numéricos, es mi parte de ingeniero que a veces le reclama algo de atención a mi parte de psicólogo.


Entonces, espero que haya quedado claro que hay un número limitado de trastornos y que, por raro que nos parezca y por estrambótica que sea nuestra perturbación, hay más personas con el mismo problema.
Aunque para muchos psicólogos el diagnóstico es un estigma creo que debería ser considerado lo contrario, un método para que una persona sienta que no es tan distinta, que hay otras como ella y que, por supuesto, hay una cura.
Ese es para mí el otro punto fuerte de la necesidad de hacer un diagnóstico: que se le puede presentar al cliente una larga estadística de personas curadas con su mismo problema; que se puede acudir a fuentes objetivas que digan qué técnicas son las mejores para tratar su problema. En definitiva, que la persona puede ver que su problema tiene solución, que es lo habitual en casi todos los trastornos psicológicos.


Si todos escondemos nuestros problemas psicológicos ante los demás como si fueran algo sórdido, acabará siéndolo. Mientras que si habláramos más abiertamente de ello sería menos traumático, pues no nos sentiríamos tan diferentes.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Curando la depresión

¿Curar o medicar?

El otro día leí un artículo que me pareció muy interesante, planteaba un debate entre psicólogos y médicos sobre qué es más efectivo para el tratamiento de la depresión mayor, que es el nombre técnico con el que se designa a un estado depresivo que va mucho más allá de la tristeza ocasional.


La parte médica defendía los antidepresivos como el único tratamiento viable para la depresión. Cuando leí esta opinión me sentí como cuando oigo hablar a la mayoría de los políticos: que parece que no vivan en el mundo real. Los psicólogos estamos acostumbrados a tratar a clientes con depresiones crónicas, muchos de ellos con tratamientos de antidepresivos de más de una década de duración. Así que me resulta difícil creer que un antidepresivo cure realmente la depresión.

En ese artículo citaban varios estudios que demuestran que la terapia es más efectiva que la medicación para el tratamiento de la depresión.
También comentaba un dato estadístico importante: el número de sesiones de terapia para curar una depresión usando una de las técnicas reconocidas para ello (ahora comento este punto) va de 16 a 20. Es decir, a un sesión a la semana: entre 3 y 4 meses. Un periodo bastante mayor que el que implica un tratamiento con antidepresivos, que tras la fase aguda se suele apoyar con una fase de mantenimiento de un mínimo de 6 meses (esa es la cifra que se indica en el artículo, pero como decía, mi experiencia me dice que es muchísimo más).

Una de la asociaciones más prestigiosas en el campo de la psicología es la Asociación Americana de Psicología (APA), que entre muchas otras funciones, tiene una división dedicada a "homologar" que terapias psicológicas están avaladas por estudios científicos para el tratamiento de los diferentes trastornos de índole psicológica.
En el caso de la depresión, las terapias que según la APA han demostrado empíricamente su eficacia para la depresión en adultos son:
  • Terapia de activación conductual
  • Terapia cognitivo-conductual
  • Terapia interpersonal
  • Terapia de solución de problemas
  • Sistema de psicoterapia de análisis cognitivo conductual de McCollough
  • Terapia de autocontrol de Rehm
Es un dato interesante e importante, ya que, aunque no conozco la estadística exacta, la segunda de la lista debe ser la terapia usada por al menos la mitad de los psicólogos de España.



domingo, 26 de noviembre de 2017

Lo mío no tiene cura

¿Por qué el tratamiento no funciona?

Tanto en mi vida profesional como en mi vida social me he encontrado con muchas personas que tras muchos años de terapia o tratamiento psicofarmacológico siguen sin curarse y ya desesperan de poder hacerlo.
Es muy difícil convencer a esas personas que su problema efectivamente tiene cura, como ocurre en la mayoría de los casos, ya que se sienten derrotados tras haber probado multitud de tratamientos.

Para empezar, según mi experiencia y conocimientos, no conozco un fármaco que cure de forma definitiva una problema psicológico. El símil que planteo al respecto es el de la muleta y la escayola: si nos rompemos un hueso de una pierna necesitamos las muletas para poder desplazarnos, pero si no nos escayolan no nos curamos y no podemos prescindir de las muletas. Los psicofármacos, en mi símil, son las muletas, que nos permiten "sobrevivir" a un problema de forma temporal mientras la terapia, que sería la escayola, nos sana.


Hoy en día existen alternativas a los psicofármacos, como el Neurofeedback, del que hablo a menudo en mi blog dedicado a la neurociencia.

Pero hay muchas personas que han probado terapias durante años, con el mismo psicólogo o con varios, y siguen sin resolver su problema.
Me temo que cuando ocurre esto, en muchos casos, el problema es del psicólogo. El código deontológico del psicólogo dice textualmente en su artículo 26: "El/la Psicólogo/a debe dar por terminada su intervención y no prolongarla con ocultación o engaño tanto si se han alcanzado los objetivos propuestos, como si tras un tiempo razonable aparece que, con los medios o recursos a su disposición, es incapaz de alcanzarlos. En este caso indicará a la persona, grupo, institución o comunidad qué otros psicólogos o qué otros profesionales pueden hacerse cargo de la intervención".
El problema es que lo del "tiempo razonable" es algo muy subjetivo.
Mi consejo es que si estás en una terapia de larga duración le pidas una planificación de la misma al psicólogo y que justifique la duración de la misma.

A la consulta del psicólogo vas a curarte de un problema, no tiene que ser una muleta sino una escayola.
Antes de empezar la terapia pregúntale si tu problema tiene cura, si te dice que no, pide una segunda opinión.




jueves, 23 de noviembre de 2017

Mi psicólogo me pone deberes

La terapia no acaba en la consulta

Que tú psicólogo te ponga deberes o no depende de su marco teórico y de cómo lo ponga en práctica, pero siempre he pensado que la terapia no debe acabar en la consulta.


Tengo un ejemplo muy claro en mis propias carnes: clases de inglés. En inglés soy autodidacta (en mi colegio se aprendía francés): lo leo sin mucha dificultad (la información técnica casi siempre está en inglés), pero no lo hablo.
Como me gusta viajar me he propuesto en varias ocasiones aprender a hablarlo, pero siempre me topo con el mismo obstáculo: pongo mucha atención en clase, pero, como en el fondo no me gusta, no estudio nada durante la semana y no avanzo.
La única vez que he conseguido algún logro es cuando me han mandado deberes para casa. Y además tienen que ser cosas concretas: haz este ejercicio, ve este vídeo y contesta estas preguntas, etc.

Mi experiencia con mis clientes es muy parecida. Yo casi siempre pongo tareas para casa y, por regla general, al principio de cada sesión repaso los deberes para ver cómo han ido. Y con eso consigo que la terapia no se quede en lo que pasa en la consulta, sino que llene el espacio entre dos sesiones.
Muy pocos clientes me protestan por los deberes y casi siempre vienen con las tareas hechas (siempre hay problemas de causa mayor y de vez en cuando el perro se come los deberes de algún cliente, pero no pasa a menudo). Y es que mis clientes entienden que ese trabajo extra les está ayudando igual que les ayuda la terapia.

Puede que si no has ido nunca al psicólogo o tu psicólogo es de los que no ponen deberes te preguntes qué tipo de tareas pone un psicólogo. Pues la respuesta es muy abierta, porque depende del marco teórico del psicólogo, del tipo de problema que se trate y de lo que se quiere conseguir con los deberes en un momento concreto.
Al principio de la terapia lo habitual es mandar registros, que sirven para que el propio cliente sea consciente y el psicólogo pueda cuantificar la magnitud de un problema. También se pueden mandar registros con sesiones más avanzadas para que el cliente tome consciencia de algo que habitualmente no nota.
Muchos psicólogos piden al cliente que lleven diarios.
También se pueden mandar ejercicios de relajación, respiratorios, control muscular o meditación.
Hay otros más complejos que se usan para ayudar a inhibir o potenciar determinadas conductas.
En fin, una gran variedad.

Cuando un cliente empieza terapia conmigo le pido que se compre un cuaderno para hacer deberes. Hacer terapia es trabajar y poco avanzaremos en terapia si solo trabajamos una hora a la semana.




martes, 21 de noviembre de 2017

Primera consulta gratis

¿Por qué no se suele cobrar la primera consulta?

Aunque en el código deontológico del psicólogo no se indica directamente, sí se expresa que en la primera consulta hay que explicar al cliente el marco teórico en el que trabajamos e indicar nuestras tarifas para que el cliente decida si quiere hacer la terapia con nosotros o no.


Vamos, que una parte de la sesión es informativa y no parece muy lógico cobrar por esa parte. Y la parte no informativa sería la correspondiente a recabar la opinión para poder decidir, como también indica el código deontológico, si nuestra competencia como psicólogos, basada en la experiencia y la formación, nos permite abordar la terapia.
Así pues, lo normal es que esa primera visita sea de toma de contacto e información y, por lo tanto, no se cobre. Aunque como digo, no está explícitamente prohibido hacerlo.

También es cierto que en muchos casos esa primera toma de contacto se hace por teléfono. Ocurre a menudo que el cliente, en vez de esperar a llegar a la consulta, en la primera llamada para pedir cita te cuenta su problema, casi completo. En esos casos el psicólogo puede aprovechar para explicar su modo de trabajar y tarifas por teléfono y considerar la llamada una primera consulta.

Mi recomendación es que no cuentes el problema por teléfono. Se pierde una información importante (lo que llamamos información no verbal) cuando se explican las cosas sin ver a tu interlocutor.
En su lugar te recomiendo que preguntes si la primera consulta es gratuita y esperes a estar cara a cara para contar tu problema.



lunes, 20 de noviembre de 2017

¿Para qué sirve la psicoterapia?

La demanda terapéutica

La razón primera y última de la psicoterapia debe ser cumplir la demanda del cliente. Creo que muchos psicólogos olvidamos es la máxima que debería ser nuestra biblia.
Cuando una persona acude a una consulta de psicología lo hace con una demanda concreta y esa debe ser la función del psicólogo: si la demanda está dentro de lo posible y no va en contra del código deontológico el psicólogo debe procurar que se cumpla la petición del cliente.



En muchas ocasiones el psicólogo se da cuenta de lo que hay detrás de esa demanda y trabaja sobre el trasfondo en vez de sobre la demanda misma y, según mi opinión, eso es un error.
Es un error porque estamos haciendo caso omiso de la preocupación real del cliente y tomando una decisión por él, algo que un psicólogo nunca debería hacer.
Porque normalmente el cliente viene con una preocupación acuciante e inmediata y no quiere que le cambiemos la vida, sino que le ayudemos a resolver el problema del aquí y el ahora.

En eso casos mi forma de proceder es negociar. Trato de explicarle al cliente que resolver su situación actual solamente implica poner un parche, pero no implica resolver realmente el problema, así que le propongo una solución intermedia en la que pongamos un parche provisional y trabajemos más a fondo el problema. Pero siempre dejo que sea el cliente el que decida y respeto su decisión.

Desde mi punto de vista, existe un problema con aquellos psicólogos que debido a su marco conceptual o su metodología, usan técnicas que siempre van al fondo del problema y no a la demanda del cliente.
En esos casos deberían informar al cliente.

Por eso mi consejo es que cuando acudas a un psicólogo le interrogues en profundidad sobre cómo va a proceder con tu problema, qué abordaje va a realizar y cómo plantea el tratamiento exacto de tu demanda. Si no te satisface su respuesta sigue insistiendo hasta que consigas respuestas concretas y si aún así no te convence busca otro psicólogo. 
Estamos acostumbrados a pedir varias opiniones médicas cuando tenemos un problema de salud, no olvidemos que los psicólogos clínicos también somos profesionales sanitarios y deben exigirnos la misma claridad que le solicitaríamos a cualquier otro responsable de salud.


Psicólogos de barra

Un psicólogo no es un consejero

A menudo las personas con las que trato me cuentan cosas de las terapias que hacen con otros psicólogos. Yo escucho e intento no influir con mis comentarios, pues considero que cada psicólogo hace la terapia a su manera y no se debe influir en la forma, pero en ocasiones me tengo que morder la lengua.

No sé cuantas veces he oído cosas como:
-Mi psicólogo me ha dicho que tengo que encontrar trabajo.
-Mi psicólogo me ha recomendado que deje mi actual relación.
-Mi psicólogo me ha ordenado que siga preparando oposiciones.

En esas ocasiones cuesta no replicar a esas frases. Siempre me queda la esperanza de que la persona no me esté contando exactamente la conversación o que haya interpretado mal las palabras del psicólogo.
Pero me temo que en muchos casos realmente el psicólogo se ha creído con derecho a decirle a alguien cómo vivir su vida.
A eso le llamo "psicólogos de bar", porque es lo mismo que te diría un amigo en un bar detrás de una caña.


En ocasiones los psicólogos podemos actuar como coach (qué poco me gusta ese anglicismo, ¿por qué no podemos decir entrenador, que es lo que realmente significa, y entenderíamos mejor sus funciones?), pero hacerlo tampoco es dar consejos de bar: es planificar con una persona un objetivo y ayudarle a establecer metas intermedias y adquisición de recursos para conseguirlo.
Pero si un psicólogo acaba actuando solo como entrenador está desperdiciando lo que realmente puede aportar a su cliente.

El psicólogo debería -atendiendo siempre a la demanda terapéutica del cliente- enseñarle a entenderse y ayudarle a eliminar los condicionales que le impiden avanzar en la vida para que pueda tomar sus propias decisiones por sí mismo.

Si sientes que tu psicólogo te planifica tu vida: confróntalo, ya que no pagas para eso.